Rubalcaba, mal candidato para el PSOE y peor enemigo para el PP
La designación de Rubalcaba por Rubalcaba –lo del "dedazo" de Zapatero es una broma: meñique y gracias- para dirigir la defensa de la Moncloa sociata es, aparentemente, una mala noticia para el PSOE, porque el candidato es malo. Es el pasado de la izquierda y no el futuro, si lo tiene; no puede generar ilusión de cambio porque es la continuidad de lo peor en el Gobierno o en la Oposición; no hay área del Código Penal que no haya hollado o no describa sus actividades, desde el GAL al Faisán pasando por la luctuosa jornada golpista del 13M; y, en fin, hereda un partido destrozado en las elecciones del 22M y un Gobierno que, de tanto no hacer nada, puede hacer que España caiga en suspensión de pagos. En resumen, que es un candidato pésimo para el PSOE... si tuviera uno mejor.
Pero conocido no lo hay. Y ese es el primer punto a favor de Rubalcaba. Tal vez Chacón habría podido igualarlo, pero difícilmente superarlo. Vara o López son dos juventudes ambiciosas pero condenadas por las urnas. No hay nadie de la generación más joven del PSOE que pueda presumir de un éxito electoral o de gestión. Al revés. Y la prueba de lo poco que valen es que se han cargado a Zapatero –normal- y se han acogido a Rubalcaba, prueba de absoluta debilidad.
El segundo punto es que ni Rubalcaba ni el PSOE tienen ya nada que perder. Son capaces de hacer cualquier fechoría porque comportarse con arreglo a las leyes escritas y no escritas de la democracia sólo les garantiza la derrota. No sólo harán cuantas atrocidades violentas, en un sentido simbólico pero acaso también real, se les ocurran, sino que nadie de los suyos se lo reprochará. Y nadie de los ajenos lo combatirá con eficacia, porque nunca lo ha hecho el PP. Un púgil arrinconado contra las cuerdas sólo tiene dos posibilidades: perder por KO o ganar por KO en una contra aprovechando la floja defensa del confiado arrinconador.
Este es el tercer punto: la confianza excesiva del PP en su segura victoria. Nunca se ha caracterizado la Derecha por su eficacia al contraataque; y, además, si los resultados municipales y autonómicos son esplendorosos, la subida neta del PP son dos puntos, el medio millón que, según Blanco, habría ganado el PP frente al millón y medio que habría perdido el PSOE. O sea, que el PP tiene poco margen para mejorar mientras que el PSOE tiene mucho por recuperar.
El cuarto es que el PSOE de Rubalcaba contará más que nunca con los apoyos nacionalistas y comunistas, porque el PP es el enemigo común. Incluida la ETA, imán de todos los demás.
El quinto es que el PP tiene unas relaciones nulas, malas e incluso peores con UPyD, único factor nuevo que quitaría votos al PSOE y su único aliado posible.
El sexto es una mayoría aplastante en los medios de comunicación, desde los que es fácil montar cualquier acontecimiento soponcial en la última semana o mantenerlo durante los dos trimestres que pueden pasar sin disolver las Cortes.
Y el séptimo es que lo han elegido para eso: para embarrar el campo y fingir teatreramente que le han roto la espinilla, para comprar árbitros, jueces de línea y espectadores si es menester. "Es al que más temen nuestros enemigos", repite el PSOE. Y, cosa rara en ellos, es verdad. Les sobran motivos.
Total, que Rubalcaba será un mal candidato para el PSOE, pero es mucho peor enemigo para el PP. Y para España es, sería, puede ser absolutamente letal.
¡CAMPEONES!!!!!!
sábado, 28 de mayo de 2011
martes, 24 de mayo de 2011
Josè Garcìa Dominguez
Los restos del naufragio
Parece que aquellas siete llaves con que Joaquín Costa mandó cerrar el sepulcro del Campeador no fueron suficientes. Así, con alguna consternación, en Ferraz acaban de descubrir que los lidera el espectro invertido del Cid, uno que pierde las batallas después de muerto. Insólita, inaudita habilidad, la del difunto José Luis, que podría elevar la magnitud de la tragedia socialdemócrata a dimensiones apocalípticas de aquí a un año. Al respecto, con el Adolescente atrincherado en La Moncloa y perdida ya toda esperanza, el interludio hasta principios de 2012 aboca al partido a un trance agónico. Disparidades al margen, una situación próxima al clima de sálvese quien pueda que marcó el suicidio ritual de la UCD en 1982.
Cuando la España liberal-conservadora se condenó a casi tres lustros de ostracismo, el tiempo que llevaría transformar la caspa de Alianza Popular en alternativa real de Gobierno. Con pareja intensidad se desangra el PSOE por su flanco zurdo y por la derecha. Sí, también por la derecha. Novedad que, por fin, deja de situar el destino de cualquier proceso electoral en manos de la célebre izquierda volátil, esa progresía difusa que solo concede votar a los socialistas tras protegerse la nariz con pinzas. La de los campistas de Sol y sus apéndices sociológicos, para entendernos. Algo que augura aún más inevitable el desastre al imposibilitar una huida hacia delante por la senda de la demagogia garbancera, la manida pose ful del radicalismo retórico.
Y para acabar de arreglarlo, unasprimarias. La organización toda apelada a demostrar su acreditada pericia en los viejos usos del navajeo fratricida. Una reyerta de muleros en la antesala del Infierno de Dante. En términos políticos, pura demencia. De ahí que si algún elemental instinto de supervivencia conservan aún en el partido socialista, el compañero Marco Junio Bruto ha de estar maquinando la conjura contra César antes de que lleguen los idus de marzo. Un golpe palaciego al estilo de aquél con que los tories, siempre tan pragmáticos, se quitaron de encima a la Thatcher. Acaso un coronel Casado que irrumpa en el Comité Federal para poner fin de una vez a ese numantinismo estéril del presidente. Y que trate de salvar los restos del naufragio. Si alguno quedara por entonces, claro.
Parece que aquellas siete llaves con que Joaquín Costa mandó cerrar el sepulcro del Campeador no fueron suficientes. Así, con alguna consternación, en Ferraz acaban de descubrir que los lidera el espectro invertido del Cid, uno que pierde las batallas después de muerto. Insólita, inaudita habilidad, la del difunto José Luis, que podría elevar la magnitud de la tragedia socialdemócrata a dimensiones apocalípticas de aquí a un año. Al respecto, con el Adolescente atrincherado en La Moncloa y perdida ya toda esperanza, el interludio hasta principios de 2012 aboca al partido a un trance agónico. Disparidades al margen, una situación próxima al clima de sálvese quien pueda que marcó el suicidio ritual de la UCD en 1982.
Cuando la España liberal-conservadora se condenó a casi tres lustros de ostracismo, el tiempo que llevaría transformar la caspa de Alianza Popular en alternativa real de Gobierno. Con pareja intensidad se desangra el PSOE por su flanco zurdo y por la derecha. Sí, también por la derecha. Novedad que, por fin, deja de situar el destino de cualquier proceso electoral en manos de la célebre izquierda volátil, esa progresía difusa que solo concede votar a los socialistas tras protegerse la nariz con pinzas. La de los campistas de Sol y sus apéndices sociológicos, para entendernos. Algo que augura aún más inevitable el desastre al imposibilitar una huida hacia delante por la senda de la demagogia garbancera, la manida pose ful del radicalismo retórico.
Y para acabar de arreglarlo, unasprimarias. La organización toda apelada a demostrar su acreditada pericia en los viejos usos del navajeo fratricida. Una reyerta de muleros en la antesala del Infierno de Dante. En términos políticos, pura demencia. De ahí que si algún elemental instinto de supervivencia conservan aún en el partido socialista, el compañero Marco Junio Bruto ha de estar maquinando la conjura contra César antes de que lleguen los idus de marzo. Un golpe palaciego al estilo de aquél con que los tories, siempre tan pragmáticos, se quitaron de encima a la Thatcher. Acaso un coronel Casado que irrumpa en el Comité Federal para poner fin de una vez a ese numantinismo estéril del presidente. Y que trate de salvar los restos del naufragio. Si alguno quedara por entonces, claro.
Roberto Centeno
Ni espontáneo ni plural, la izquierda más radical
Uno de los fenómenos más repetitivos y desgraciados de nuestra Historia es cuando la buena gente resulta engañada por grupos radicales, que les hacen creer que son demócratas y desean el bien del pueblo. Cuando estos radicales han triunfado, han llevado a España a la ruina o a la Guerra Civil. Mucho peor aún es el caso de personas que, sirviendo de tontos útiles y sin molestarse en comprobar el origen real de las cosas y mucho menos de comprobar in situ la realidad, describen en los medios estos movimientos con una aureola romántica e incluso heroica, más propia de plumas mercenarias que de personas sensatas.
Si se hubieran molestado en comprobar un mínimo el origen de este movimiento, se habrían dado cuenta que el dominio ‘Democracia Real Ya’, que fue quien empezó la fiesta, pertenece a un conocido radical de Izquierda Andaluza, una escisión de Izquierda Unida, aliado con antisistemas y okupas. Hay que estar ciego o haberse caído de un guindo para llamar a esto “movimiento espontáneo y plural”. Una pluralidad que quedó perfectamente reflejada ayer, cuando agredieron violentamente a Enrique de Diego, fundador de un colectivo antimarxista minoritario denominado ‘Rebelión de las clases medias’, al entrar en la plaza.
Aparte de molestarme en comprobar el origen, decidí también pasar por la Puerta del Sol para ver por mí mismo lo que estaba ocurriendo. Lo hice el jueves a las dos de la tarde y hubo dos cosas que me llamaron la atención: primera, un grupo de unos 50 miembros de CCOO que repartían doctrina y que vociferaban contra todo aquel que sale o entra en la Comunidad de Madrid (la única CCAA que todavía crea empleo, y blanco del odio ciego de la izquierda en general y del Gobierno y sus secuaces en particular), el cerco de cuya sede es la principal seña de identidad del movimiento.
Segunda, un chico joven que estaba leyendo un manifiesto a unas 60 o 70 personas sentadas en el suelo, que era un compendio de los disparates más increíbles y absurdos de la izquierda radical, propuestas sin pies ni cabeza, que de llevarse a la práctica llevarían a cualquier país al caos y a la miseria. Expropiación de los pisos vacíos y su alquiler a los jóvenes a precios simbólicos, nacionalización de la banca, control de todas las grandes empresas o su sustitución por empresas públicas, subidas de impuestos, restablecimiento del impuesto sobre el patrimonio, cierre de las centrales nucleares, sustitución por energías renovables, ayuda al tercer mundo, etc, etc. Disparates que provocaban el entusiasmo de los allí reunidos, que los coreaban con gritos y grandes aplausos.
Los sindicalistas de CCOO, que han expoliado y expolian sin contemplaciones a la clase trabajadora, cobrando un 8% de cada ERE, comparten 1.500 millones de euros anuales con UGT y CEOE por políticas activas de empleo, que reciben ríos de subvenciones de los poderes públicos porque sí, forman piquetes de energúmenos vociferantes, en lo que tienen experiencia probada, ante la Comunidad de Madrid.
Jóvenes que, en principio, están parados y sin esperanza, piden más impuestos, más energías renovables -la mayor fuente de enriquecimiento para una elite cercana al poder en la historia industrial de España y causa de que cuatro millones de familias no hayan podido encender la calefacción este invierno-, ayuda al tercer mundo y a los parados españoles que les zurzan… ese era el ideario esencial en la Puerta del Sol el jueves a mediodía. Que además pidan algunas cosas que pedimos todos, como el cambio de la ley electoral -porque lo pide Izquierda Unida, que en otro caso tampoco lo harían- es irrelevante.
La culpa no es de Zapatero: es de los banqueros y empresarios
Esa misma noche, durante una larga tertulia en Veo-7, tuve ocasión de interrogar en directo vía satélite a varios presuntos líderes de la cosa. La primera pregunta era obvia, ¿cómo y quién tomaba las decisiones de lo que se pedía, de lo que se hacía o de lo que se iba a hacer? La respuesta es que se decidía en forma asamblearia por círculos temáticos, es decir, por soviets en plan cutre. ¿Quién dirige la asamblea y qué círculos temáticos se tratan? La respuesta fue: “los que ya estaban allí”, porque la mayoría se había unido después. ¿Y quién estaba allí? No answer. El segundo, los círculos temáticos se decidían en función del “apoyo popular” medido por los aplausos, es decir, se iban exponiendo temas y el más aplaudido se convertía en un círculo temático. Por ejemplo: “hay que expropiar los pisos vacíos y alquilarlos a precio simbólico a los jóvenes”, miles de aplausos y circulo temático que te crió para “debatir” el tema. “Hay que nacionalizar la banca”, lo mismo, a debatirlo. “Hay que cerrar las centrales nucleares”, tema esencial para proporcionar empleo a los jóvenes y acabar con el paro, idem. “Prohibición de la Sanidad y la Enseñanza privada”, etc…
Si el Gobierno se rinde ante unos radicales (un 0,2% de españoles han asistido a las concentraciones y un 0,02% de izquierdistas revolucionarios son quienes les controlan) se sitúa al margen de la Ley.
He aquí algunas preguntas y algunas respuestas. Si el culpable principal del desastre, de los seis millones de parados, del 45% de paro juvenil es Zapatero, ¿por qué no se trata en un círculo temático? Porque la culpa no es solo de Zapatero, es del sistema, de los banqueros y de los empresarios. ¿Por qué no se han concentrado en Moncloa en lugar de frente ala Comunidad de Madrid, que es la única de España que crea empleo? Porque fue aquí el lugar donde terminó una manifestación y ya nos quedamos. ¿Por qué atacan a los empresarios, que son los únicos que crean empleo? Porque han despedido miles de personas sin justificación para sustituirlas por mileuristas y porque lo hacen mucho mejor las empresas públicas. ¿Por qué piden que se ayude al tercer mundo en lugar de destinar esos recursos a ayudar a los españoles que no tienen nada? Porque la solidaridad es esencial. Y, luego, las pancartas claramente guerracivilistas: “Madrid será la tumba del neoliberalismo”; “No pasaran”, etc. Esto es lo que hay, la “Spanish Revolution”, una estafa total a los parados, a los mileuristas y a los desheredados de Zapatero y del socialismo.
Y así las cosas, el tema ha tenido también una enorme repercusión mediática en los medios y prensa extranjeros, prescindiendo de muchos europeos, que no se enteran de nada, que ven similitudes entre la Puerta del Sol y la Plaza de Tahir, la prensa norteamericana se muestra certeramente preocupada por la situación, porque la relacionan con las revueltas en Grecia, y temen, con toda razón, que los tímidos ajustes realizados por Zapatero se paralicen, que no se haga ningún ajuste más y España se precipite hacia la suspensión de pagos. La preocupación en los mercados es creciente y la prima de riesgo ha subido como la espuma: el viernes cerró en 245 ¡Olé por el 15-M y los espontáneos!
Su intención primera era paralizar las elecciones del domingo, donde la izquierda debería experimentar una derrota histórica, pero el miércoles vieron que no tenían ni de lejos la fuerza necesaria y ahora solo tratan de modificar el resultado, aunque sea modestamente, a favor de la izquierda. Y si eso ocurre y Zapatero, con su irresponsabilidad manifiesta, se pone al frente de la procesión -“si tuviera 25 años estaría en la Puerta del Sol”, dice este irresponsable-, nuestra ruina a corto plazo está asegurada.
Si a ETA, no al acatamiento de la Ley
Mucho más preocupante que lo anterior fue la respuesta a otras dos preguntas concretas que hice a dos de los líderes. La primera referente a Bildu, como estaban tirando balones fuera en todas las preguntas referentes a Zapatero y a su desastrosa gestión de la crisis, le dije: “Le hago una pregunta sencilla, cuya respuesta tiene que conocer sin duda, dicen que Bildu ha enviado a varios representantes, aparte de apoyar totalmente su ‘programa’. ¿Hay gente de Bildu con ustedes, hay proetarras en la Puerta del Sol?”. “No lo sé -contestó-, pero si vinieran serían bienvenidos”, fue la aterradora respuesta. Textual, pueden descargar el vídeo si quieren comprobarlo. No sé a ustedes pero a mí, si todavía podía quedarme un resto de simpatía, un resto de comprensión, para algunas de las peticiones de los concentrados, se desvaneció totalmente. Los que manejan el tema, los que mandan de verdad, no son parados, no son gentes de buena voluntad, son marxistas leninistas de la línea más extrema, son la izquierda radical más pura y dura de Occidente, éstos son los que controlan de verdad a los acampados en Sol.
Hacia la una de la madrugada se conoció la decisión de la Junta Electoral de prohibir las concentraciones del día de reflexión y al poco tiempo los radicales hicieron conocer su respuesta: “La soberanía nacional reside aquí y no en el Congreso”. ¡Olé sus narices! Yo me niego también a acatar la ley, en concreto, me niego a hacer la declaración de la renta, eso sí, pacíficamente y sin violencia. El Tribunal Supremo y el Constitucional han declarado también ilegal la concentración, no sé qué hará el Gobierno -ahora es sábado por la mañana- pero si el Gobierno se rinde ante unos radicales (un 0,2% de españoles han asistido a las concentraciones y un 0,02% de izquierdistas revolucionarios son quienes les controlan) se sitúa al margen de la Ley. El Rey debe hacer cumplir la Constitución, si no ¿para qué queremos un Rey? Debe disolver el Gobierno y convocar elecciones
Uno de los fenómenos más repetitivos y desgraciados de nuestra Historia es cuando la buena gente resulta engañada por grupos radicales, que les hacen creer que son demócratas y desean el bien del pueblo. Cuando estos radicales han triunfado, han llevado a España a la ruina o a la Guerra Civil. Mucho peor aún es el caso de personas que, sirviendo de tontos útiles y sin molestarse en comprobar el origen real de las cosas y mucho menos de comprobar in situ la realidad, describen en los medios estos movimientos con una aureola romántica e incluso heroica, más propia de plumas mercenarias que de personas sensatas.
Si se hubieran molestado en comprobar un mínimo el origen de este movimiento, se habrían dado cuenta que el dominio ‘Democracia Real Ya’, que fue quien empezó la fiesta, pertenece a un conocido radical de Izquierda Andaluza, una escisión de Izquierda Unida, aliado con antisistemas y okupas. Hay que estar ciego o haberse caído de un guindo para llamar a esto “movimiento espontáneo y plural”. Una pluralidad que quedó perfectamente reflejada ayer, cuando agredieron violentamente a Enrique de Diego, fundador de un colectivo antimarxista minoritario denominado ‘Rebelión de las clases medias’, al entrar en la plaza.
Aparte de molestarme en comprobar el origen, decidí también pasar por la Puerta del Sol para ver por mí mismo lo que estaba ocurriendo. Lo hice el jueves a las dos de la tarde y hubo dos cosas que me llamaron la atención: primera, un grupo de unos 50 miembros de CCOO que repartían doctrina y que vociferaban contra todo aquel que sale o entra en la Comunidad de Madrid (la única CCAA que todavía crea empleo, y blanco del odio ciego de la izquierda en general y del Gobierno y sus secuaces en particular), el cerco de cuya sede es la principal seña de identidad del movimiento.
Segunda, un chico joven que estaba leyendo un manifiesto a unas 60 o 70 personas sentadas en el suelo, que era un compendio de los disparates más increíbles y absurdos de la izquierda radical, propuestas sin pies ni cabeza, que de llevarse a la práctica llevarían a cualquier país al caos y a la miseria. Expropiación de los pisos vacíos y su alquiler a los jóvenes a precios simbólicos, nacionalización de la banca, control de todas las grandes empresas o su sustitución por empresas públicas, subidas de impuestos, restablecimiento del impuesto sobre el patrimonio, cierre de las centrales nucleares, sustitución por energías renovables, ayuda al tercer mundo, etc, etc. Disparates que provocaban el entusiasmo de los allí reunidos, que los coreaban con gritos y grandes aplausos.
Los sindicalistas de CCOO, que han expoliado y expolian sin contemplaciones a la clase trabajadora, cobrando un 8% de cada ERE, comparten 1.500 millones de euros anuales con UGT y CEOE por políticas activas de empleo, que reciben ríos de subvenciones de los poderes públicos porque sí, forman piquetes de energúmenos vociferantes, en lo que tienen experiencia probada, ante la Comunidad de Madrid.
Jóvenes que, en principio, están parados y sin esperanza, piden más impuestos, más energías renovables -la mayor fuente de enriquecimiento para una elite cercana al poder en la historia industrial de España y causa de que cuatro millones de familias no hayan podido encender la calefacción este invierno-, ayuda al tercer mundo y a los parados españoles que les zurzan… ese era el ideario esencial en la Puerta del Sol el jueves a mediodía. Que además pidan algunas cosas que pedimos todos, como el cambio de la ley electoral -porque lo pide Izquierda Unida, que en otro caso tampoco lo harían- es irrelevante.
La culpa no es de Zapatero: es de los banqueros y empresarios
Esa misma noche, durante una larga tertulia en Veo-7, tuve ocasión de interrogar en directo vía satélite a varios presuntos líderes de la cosa. La primera pregunta era obvia, ¿cómo y quién tomaba las decisiones de lo que se pedía, de lo que se hacía o de lo que se iba a hacer? La respuesta es que se decidía en forma asamblearia por círculos temáticos, es decir, por soviets en plan cutre. ¿Quién dirige la asamblea y qué círculos temáticos se tratan? La respuesta fue: “los que ya estaban allí”, porque la mayoría se había unido después. ¿Y quién estaba allí? No answer. El segundo, los círculos temáticos se decidían en función del “apoyo popular” medido por los aplausos, es decir, se iban exponiendo temas y el más aplaudido se convertía en un círculo temático. Por ejemplo: “hay que expropiar los pisos vacíos y alquilarlos a precio simbólico a los jóvenes”, miles de aplausos y circulo temático que te crió para “debatir” el tema. “Hay que nacionalizar la banca”, lo mismo, a debatirlo. “Hay que cerrar las centrales nucleares”, tema esencial para proporcionar empleo a los jóvenes y acabar con el paro, idem. “Prohibición de la Sanidad y la Enseñanza privada”, etc…
Si el Gobierno se rinde ante unos radicales (un 0,2% de españoles han asistido a las concentraciones y un 0,02% de izquierdistas revolucionarios son quienes les controlan) se sitúa al margen de la Ley.
He aquí algunas preguntas y algunas respuestas. Si el culpable principal del desastre, de los seis millones de parados, del 45% de paro juvenil es Zapatero, ¿por qué no se trata en un círculo temático? Porque la culpa no es solo de Zapatero, es del sistema, de los banqueros y de los empresarios. ¿Por qué no se han concentrado en Moncloa en lugar de frente ala Comunidad de Madrid, que es la única de España que crea empleo? Porque fue aquí el lugar donde terminó una manifestación y ya nos quedamos. ¿Por qué atacan a los empresarios, que son los únicos que crean empleo? Porque han despedido miles de personas sin justificación para sustituirlas por mileuristas y porque lo hacen mucho mejor las empresas públicas. ¿Por qué piden que se ayude al tercer mundo en lugar de destinar esos recursos a ayudar a los españoles que no tienen nada? Porque la solidaridad es esencial. Y, luego, las pancartas claramente guerracivilistas: “Madrid será la tumba del neoliberalismo”; “No pasaran”, etc. Esto es lo que hay, la “Spanish Revolution”, una estafa total a los parados, a los mileuristas y a los desheredados de Zapatero y del socialismo.
Y así las cosas, el tema ha tenido también una enorme repercusión mediática en los medios y prensa extranjeros, prescindiendo de muchos europeos, que no se enteran de nada, que ven similitudes entre la Puerta del Sol y la Plaza de Tahir, la prensa norteamericana se muestra certeramente preocupada por la situación, porque la relacionan con las revueltas en Grecia, y temen, con toda razón, que los tímidos ajustes realizados por Zapatero se paralicen, que no se haga ningún ajuste más y España se precipite hacia la suspensión de pagos. La preocupación en los mercados es creciente y la prima de riesgo ha subido como la espuma: el viernes cerró en 245 ¡Olé por el 15-M y los espontáneos!
Su intención primera era paralizar las elecciones del domingo, donde la izquierda debería experimentar una derrota histórica, pero el miércoles vieron que no tenían ni de lejos la fuerza necesaria y ahora solo tratan de modificar el resultado, aunque sea modestamente, a favor de la izquierda. Y si eso ocurre y Zapatero, con su irresponsabilidad manifiesta, se pone al frente de la procesión -“si tuviera 25 años estaría en la Puerta del Sol”, dice este irresponsable-, nuestra ruina a corto plazo está asegurada.
Si a ETA, no al acatamiento de la Ley
Mucho más preocupante que lo anterior fue la respuesta a otras dos preguntas concretas que hice a dos de los líderes. La primera referente a Bildu, como estaban tirando balones fuera en todas las preguntas referentes a Zapatero y a su desastrosa gestión de la crisis, le dije: “Le hago una pregunta sencilla, cuya respuesta tiene que conocer sin duda, dicen que Bildu ha enviado a varios representantes, aparte de apoyar totalmente su ‘programa’. ¿Hay gente de Bildu con ustedes, hay proetarras en la Puerta del Sol?”. “No lo sé -contestó-, pero si vinieran serían bienvenidos”, fue la aterradora respuesta. Textual, pueden descargar el vídeo si quieren comprobarlo. No sé a ustedes pero a mí, si todavía podía quedarme un resto de simpatía, un resto de comprensión, para algunas de las peticiones de los concentrados, se desvaneció totalmente. Los que manejan el tema, los que mandan de verdad, no son parados, no son gentes de buena voluntad, son marxistas leninistas de la línea más extrema, son la izquierda radical más pura y dura de Occidente, éstos son los que controlan de verdad a los acampados en Sol.
Hacia la una de la madrugada se conoció la decisión de la Junta Electoral de prohibir las concentraciones del día de reflexión y al poco tiempo los radicales hicieron conocer su respuesta: “La soberanía nacional reside aquí y no en el Congreso”. ¡Olé sus narices! Yo me niego también a acatar la ley, en concreto, me niego a hacer la declaración de la renta, eso sí, pacíficamente y sin violencia. El Tribunal Supremo y el Constitucional han declarado también ilegal la concentración, no sé qué hará el Gobierno -ahora es sábado por la mañana- pero si el Gobierno se rinde ante unos radicales (un 0,2% de españoles han asistido a las concentraciones y un 0,02% de izquierdistas revolucionarios son quienes les controlan) se sitúa al margen de la Ley. El Rey debe hacer cumplir la Constitución, si no ¿para qué queremos un Rey? Debe disolver el Gobierno y convocar elecciones
lunes, 23 de mayo de 2011
Agapito Maestre
22-M y las contradicciones de Sol
Las elecciones del 22-M, sí, han sido muy importantes, pero es obtuso, como mínimo, aislarlas de los últimos sucesos de las concentraciones promovidas por grupos de ciudadanos instalados en la Puerta del Sol y otras plazas de España. Quizá el grupo más numeroso de los del 15-M son antiguos votantes socialistas, y, seguramente, después de una semana de plante, el movimiento social ya esté controlado por dirigentes mayoritariamente izquierdistas. Pero, de momento, todo eso es un asunto menor, porque lo decisivo de esta protesta, con todas sus contradicciones y manipulaciones, sigue en pie: los españoles no somos borregos, la casta política tiene una gran parte de culpa de todos nuestros problemas y, por supuesto, es menester que el espacio público-político no sea devorado por la clase política. Son necesarias reformas importantes en el sistema político. O hay regeneración democrática o esto muere.
Estas elecciones, nos guste o nos disguste, han estado vinculadas a esta protesta, negarlo es estar ciego o, algo peor, sustituir lo real por la ideología, la mentira, que estos mismos "analistas" tratan de ver y, por supuesto, combatir en aquellos que están concentrados en la Puerta del Sol. Basta, por favor, de imbecilidades e ideologías baratas. La movida de Sol ha puesto nervioso a los partidos políticos, incluido el PSOE; más aún, soy de la opinión de que están desbordados en asuntos fundamentales, por mucho que algunos insistan en que la indignación está controlada por la covachuelas del régimen de Zapatero.
Por otro lado, buena parte de los analistas políticos, especialmente los vinculados a los medios de comunicación de la derecha, están fuera de juego, incluso los que juegan a ser los más radicales, esos que, desde hace años, se desgañitan porque la sociedad no se moviliza y el sistema de representación está marchito, ahora, cuando otros que no son de su cuerda lo ponen en evidencia, se asustan y apoyan toda la faramalla sobre la que sustenta la casta política. Esto también es un síntoma del fin de un régimen político que comenzó en la Transición y ya no soporta tanta contradicción.
Por favor, amigos "demócratas", que estáis esperando un carguito para cuando llegue el PP al machito del poder, tened un poco de respeto por lo real. Al menos, por favor, reconocedme que, ayer por la mañana, muchos dirigentes populares estaban perplejos e incluso algunos se quejaban amargamente de no haber sacado el primer día de la concentración un cartelito desde el viejo edificio de Correos que dijera: "Os entendemos". Por Dios, amigos "demócratas" a la espera de que os nombre algo el PP, cómo no voy a vincular las concentraciones de Sol a las elecciones de ayer y, sobre todo, al futuro del sistema político español. Podéis, naturalmente, negarlo. Allá vosotros, pero estáis haciendo algo peor que el ridículo, negáis vuestra propia identidad de analistas políticos.
En fin, si Rajoy, y sus seguidores mediáticos, no se toman en serio la protesta de la Puerta del Sol, puede que su victoria en votos, del 22-M, se torne en comida para hoy y hambre para mañana.
Las elecciones del 22-M, sí, han sido muy importantes, pero es obtuso, como mínimo, aislarlas de los últimos sucesos de las concentraciones promovidas por grupos de ciudadanos instalados en la Puerta del Sol y otras plazas de España. Quizá el grupo más numeroso de los del 15-M son antiguos votantes socialistas, y, seguramente, después de una semana de plante, el movimiento social ya esté controlado por dirigentes mayoritariamente izquierdistas. Pero, de momento, todo eso es un asunto menor, porque lo decisivo de esta protesta, con todas sus contradicciones y manipulaciones, sigue en pie: los españoles no somos borregos, la casta política tiene una gran parte de culpa de todos nuestros problemas y, por supuesto, es menester que el espacio público-político no sea devorado por la clase política. Son necesarias reformas importantes en el sistema político. O hay regeneración democrática o esto muere.
Estas elecciones, nos guste o nos disguste, han estado vinculadas a esta protesta, negarlo es estar ciego o, algo peor, sustituir lo real por la ideología, la mentira, que estos mismos "analistas" tratan de ver y, por supuesto, combatir en aquellos que están concentrados en la Puerta del Sol. Basta, por favor, de imbecilidades e ideologías baratas. La movida de Sol ha puesto nervioso a los partidos políticos, incluido el PSOE; más aún, soy de la opinión de que están desbordados en asuntos fundamentales, por mucho que algunos insistan en que la indignación está controlada por la covachuelas del régimen de Zapatero.
Por otro lado, buena parte de los analistas políticos, especialmente los vinculados a los medios de comunicación de la derecha, están fuera de juego, incluso los que juegan a ser los más radicales, esos que, desde hace años, se desgañitan porque la sociedad no se moviliza y el sistema de representación está marchito, ahora, cuando otros que no son de su cuerda lo ponen en evidencia, se asustan y apoyan toda la faramalla sobre la que sustenta la casta política. Esto también es un síntoma del fin de un régimen político que comenzó en la Transición y ya no soporta tanta contradicción.
Por favor, amigos "demócratas", que estáis esperando un carguito para cuando llegue el PP al machito del poder, tened un poco de respeto por lo real. Al menos, por favor, reconocedme que, ayer por la mañana, muchos dirigentes populares estaban perplejos e incluso algunos se quejaban amargamente de no haber sacado el primer día de la concentración un cartelito desde el viejo edificio de Correos que dijera: "Os entendemos". Por Dios, amigos "demócratas" a la espera de que os nombre algo el PP, cómo no voy a vincular las concentraciones de Sol a las elecciones de ayer y, sobre todo, al futuro del sistema político español. Podéis, naturalmente, negarlo. Allá vosotros, pero estáis haciendo algo peor que el ridículo, negáis vuestra propia identidad de analistas políticos.
En fin, si Rajoy, y sus seguidores mediáticos, no se toman en serio la protesta de la Puerta del Sol, puede que su victoria en votos, del 22-M, se torne en comida para hoy y hambre para mañana.
Carlos Cuesta
Carta a los nuevos gobiernos
Las elecciones autonómicas y locales han dictado sentencia. La debacle del PSOE ha sido absoluta y los proetarras de Bildu tendrán más poder político que nunca.
Con 26 millones de euros menos en los bolsillos -fruto del coste de la campaña- y la esperanza de que alguno de los nuevos electos empiece a comprender la gravedad del momento actual, los españoles volvemos al día a día de un país sumido en el paro, el cierre de empresas y la descomposición institucional. Y por ello, porque esta normalidad repugna, creo que nadie, empezando por la prensa y los electores, debería ser complaciente con los nuevos inquilinos regionales y municipales. Sean del partido que sean.
Porque los retos encima de la mesa de unas instituciones, las autonomías, responsables de 30.000 millones de déficit, y de los ayuntamientos, origen de un agujero adicional de 6.500 millones, no pueden ser más decisivos. En sus manos está el dejar constancia de su deseo de eliminar las más de 5.000 sociedades, empresas y demás entes dependientes de las administraciones territoriales como primer ejemplo de austeridad.
En su poder está el iniciar los pasos para desmantelar la injustificable red de 179 embajadas autonómicas que salpica el mundo de sueldos públicos costeados por unos hogares que sufren una pérdida anual de renta disponible de 15.000 millones de euros.
En su mano está, igualmente, el recortar una orgía de 30.000 vehículos oficiales de primera marca como muestra, aunque sólo sea, de una leve comprensión hacia un país en el que la venta de automóviles entre particulares se desploma a ritmos de un 37%.
En su capacidad está, también, el zanjar un derroche laboral que ha llevado a autonomías y municipios a contar con dos millones de empleados públicos de los que ya el 45% ha entrado sin oposición.
Y entre sus deberes está el acabar con un gigantismo que ha provocado que el volumen de leyes, decretos y demás normas regionales anual supere en más de 100 veces el número total de páginas de boletín oficial en Alemania. Desde ahora y hasta las elecciones generales se abre un periodo en el que el PP debe demostrar su capacidad real para afrontar el reto de acabar con la sangría presupuestaria en la que nos ha sumido nuestro fraccionamiento territorial. Un esquema que nos cuesta más de 25.000 millones de euros anuales en duplicidades y que estrangula el poder adquisitivo de los hogares, contribuyentes finales de esta sangría. Nadie va a exigir una reducción a cero del actual déficit en 10 meses. Pero sí el atisbo de una política valiente y capaz de volver a estimular a este país. En su mano está el poder dar el ejemplo de su capacidad para sacar de la crisis a un país que agoniza.
Las elecciones autonómicas y locales han dictado sentencia. La debacle del PSOE ha sido absoluta y los proetarras de Bildu tendrán más poder político que nunca.
Con 26 millones de euros menos en los bolsillos -fruto del coste de la campaña- y la esperanza de que alguno de los nuevos electos empiece a comprender la gravedad del momento actual, los españoles volvemos al día a día de un país sumido en el paro, el cierre de empresas y la descomposición institucional. Y por ello, porque esta normalidad repugna, creo que nadie, empezando por la prensa y los electores, debería ser complaciente con los nuevos inquilinos regionales y municipales. Sean del partido que sean.
Porque los retos encima de la mesa de unas instituciones, las autonomías, responsables de 30.000 millones de déficit, y de los ayuntamientos, origen de un agujero adicional de 6.500 millones, no pueden ser más decisivos. En sus manos está el dejar constancia de su deseo de eliminar las más de 5.000 sociedades, empresas y demás entes dependientes de las administraciones territoriales como primer ejemplo de austeridad.
En su poder está el iniciar los pasos para desmantelar la injustificable red de 179 embajadas autonómicas que salpica el mundo de sueldos públicos costeados por unos hogares que sufren una pérdida anual de renta disponible de 15.000 millones de euros.
En su mano está, igualmente, el recortar una orgía de 30.000 vehículos oficiales de primera marca como muestra, aunque sólo sea, de una leve comprensión hacia un país en el que la venta de automóviles entre particulares se desploma a ritmos de un 37%.
En su capacidad está, también, el zanjar un derroche laboral que ha llevado a autonomías y municipios a contar con dos millones de empleados públicos de los que ya el 45% ha entrado sin oposición.
Y entre sus deberes está el acabar con un gigantismo que ha provocado que el volumen de leyes, decretos y demás normas regionales anual supere en más de 100 veces el número total de páginas de boletín oficial en Alemania. Desde ahora y hasta las elecciones generales se abre un periodo en el que el PP debe demostrar su capacidad real para afrontar el reto de acabar con la sangría presupuestaria en la que nos ha sumido nuestro fraccionamiento territorial. Un esquema que nos cuesta más de 25.000 millones de euros anuales en duplicidades y que estrangula el poder adquisitivo de los hogares, contribuyentes finales de esta sangría. Nadie va a exigir una reducción a cero del actual déficit en 10 meses. Pero sí el atisbo de una política valiente y capaz de volver a estimular a este país. En su mano está el poder dar el ejemplo de su capacidad para sacar de la crisis a un país que agoniza.
Juan Velarde Fuertes
Hundimiento de la socialdemocracia: XXX Aniversario
El 12 de mayo de 1981, el gran titular de la portada de «Le Monde» rezaba: «La muy clara victoria de M François Mitterrand va más allá, de la unión de toda la izquierda y agrava las divisiones de la mayoría saliente». El director del periódico Jacques Fauvet, también en la página primera, firmaba un comentario, «El éxito y el porvenir», con esta frase: «Esta victoria es, en fin, la del respeto sobre el desdeño, la del realismo sobre la ilusión, la de la franqueza sobre el artificio; en resumen, la de una cierta moral». Se trataba del último éxito de un planteamiento socialdemócrata en el terreno económico. Francia experimentaba las consecuencias de la crisis derivada del choque petrolífero de los años setenta. En 1980, el PIB por habitante había crecido un escuálido 0,9%. El paro abundaba y Mitterrand, con un planteamiento ligado a lo que podríamos llamar socialismo keynesiano, había prometido aumentar el salario mínimo, mejorar las pensiones y las ayudas familiares, ampliar el número de funcionarios, subir los intereses del ahorro doméstico, mejorar las prestaciones a los parados y emprender una política de estatificaciones.
Las consecuencias aparecieron de inmediato. En el Sistema Monetario Europeo, nada más lograrse ese triunfo, el 11 de mayo de 1981 el franco bajó de 2,3670 a 2,4093 por cada marco alemán; y respecto a la libra esterlina, un 2,2% y en relación con el dólar un 2,4%. Pero, además, en su famoso comentario diario «Au jour le jour», Robert Escarpit, también en ese ejemplar de «Le Monde», recordaba que el 11 de mayo de 1936 se anunciaba que había triunfado el programa de Leon Blum quien, con el Frente Popular, llegaba al Gobierno francés. De lo sucedido entonces, queda memoria en el artículo de M. Kalecki, «The lesson of the Blum experiment», aparecido en «The Economic Journal», marzo 1938. Los economistas, y destacadamente Kalecki, ligado al famoso «circo de Cambridge» presidido por Keynes, comenzaban a observar que si se quería mantener el nivel de empleo no se podían impulsar al alza los salarios y los beneficios sociales, so pena de un inicio de inflación y de un hundimiento de la cotización de la moneda. Pero Blum lo ignoró y provocó un caos económico considerable.
El partido socialdemócrata volvía a incidir, con Mitterrand, en lo mismo, entre otras cosas porque, en el terreno socioeconómico, se había liquidado a Marx tras el revisionismo iniciado por Bernstein —muy influido por la Sociedad Fabiana británica— en sus artículos, publicados de 1896 a 1898 en «Die Neue Zeit», coronados por su carta a Bebel de 20 de octubre de 1898 y el libro «Evolutionary Socialism» en 1899. Sin apoyo intelectual serio alguno anduvo el socialismo hasta que, a partir de la «Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero» de Keynes, creyó haberlo encontrado. Pero, intervenciones como las de Blum y todo lo que casi a renglón seguido intentó la socialdemocracia tras la II Guerra Mundial, originaron el rechazo del propio Keynes, como nos ha relatado Hayek en su diálogo autobiográfico preparado por Stephen Kresge y Leif Wenan (Unión Editorial, 2010): Estos dos economistas se encontraban «sentados leyendo la prensa en la sala de profesores» del King's College de Cambridge. Hayek le mencionó cómo dos keynesianos como Robinson y Kahn apoyaban la política económica que llevaban a cabo los laboristas y que se ampliaba a la línea socialdemócrata europea: Keynes estalló: «No son más que unos tontos. Ya sabe, mis ideas eran importantes en los años treinta y no se discutía sobre la pertinencia de combatir la inflación, Pero puede creerme, Hayek, mis ideas han caído en el olvido. Voy a invertir la opinión pública» . Seis semanas más tarde había fallecido.
Mitterrand no se había enterado de nada, e intentó, hace treinta años, volver a poner en macha ese proyecto socialista keynesiano. Pero el 9 de marzo de 1982, Mitterrand, según el mismo libro de Attali tuvo que exclamar: «¿Por qué tal déficit presupuestario? ¿Por qué todo esto patina?» Y la crisis pasó a enseñorearse de Francia.
En aquel momento se señalaba que la socialdemocracia carecía de originales propuestas socioeconómicas. Al comentar el libro de Tony Judt, «Todo va mal», en su importante nota «Elegía por la socialdemocracia» aparecida en «Revista de Libros» en marzo 2011, señala el profesor Álvarez Junco cómo Judt considera que el mensaje socialdemócrata deriva a que «no basta con ofrecer más eficacia o más abundancia; hay que ofrecer valores, fines buenos y no pensar sólo en costes económicos, también en los sociales, culturales, medioambientales, estéticos». En suma, que no hay ya un programa serio de desarrollo económico. Quien desee saber cómo avanza económicamente un pueblo, debe desertar de los derivados de la socialdemocracia y de los del progresismo campamental.
El 12 de mayo de 1981, el gran titular de la portada de «Le Monde» rezaba: «La muy clara victoria de M François Mitterrand va más allá, de la unión de toda la izquierda y agrava las divisiones de la mayoría saliente». El director del periódico Jacques Fauvet, también en la página primera, firmaba un comentario, «El éxito y el porvenir», con esta frase: «Esta victoria es, en fin, la del respeto sobre el desdeño, la del realismo sobre la ilusión, la de la franqueza sobre el artificio; en resumen, la de una cierta moral». Se trataba del último éxito de un planteamiento socialdemócrata en el terreno económico. Francia experimentaba las consecuencias de la crisis derivada del choque petrolífero de los años setenta. En 1980, el PIB por habitante había crecido un escuálido 0,9%. El paro abundaba y Mitterrand, con un planteamiento ligado a lo que podríamos llamar socialismo keynesiano, había prometido aumentar el salario mínimo, mejorar las pensiones y las ayudas familiares, ampliar el número de funcionarios, subir los intereses del ahorro doméstico, mejorar las prestaciones a los parados y emprender una política de estatificaciones.
Las consecuencias aparecieron de inmediato. En el Sistema Monetario Europeo, nada más lograrse ese triunfo, el 11 de mayo de 1981 el franco bajó de 2,3670 a 2,4093 por cada marco alemán; y respecto a la libra esterlina, un 2,2% y en relación con el dólar un 2,4%. Pero, además, en su famoso comentario diario «Au jour le jour», Robert Escarpit, también en ese ejemplar de «Le Monde», recordaba que el 11 de mayo de 1936 se anunciaba que había triunfado el programa de Leon Blum quien, con el Frente Popular, llegaba al Gobierno francés. De lo sucedido entonces, queda memoria en el artículo de M. Kalecki, «The lesson of the Blum experiment», aparecido en «The Economic Journal», marzo 1938. Los economistas, y destacadamente Kalecki, ligado al famoso «circo de Cambridge» presidido por Keynes, comenzaban a observar que si se quería mantener el nivel de empleo no se podían impulsar al alza los salarios y los beneficios sociales, so pena de un inicio de inflación y de un hundimiento de la cotización de la moneda. Pero Blum lo ignoró y provocó un caos económico considerable.
El partido socialdemócrata volvía a incidir, con Mitterrand, en lo mismo, entre otras cosas porque, en el terreno socioeconómico, se había liquidado a Marx tras el revisionismo iniciado por Bernstein —muy influido por la Sociedad Fabiana británica— en sus artículos, publicados de 1896 a 1898 en «Die Neue Zeit», coronados por su carta a Bebel de 20 de octubre de 1898 y el libro «Evolutionary Socialism» en 1899. Sin apoyo intelectual serio alguno anduvo el socialismo hasta que, a partir de la «Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero» de Keynes, creyó haberlo encontrado. Pero, intervenciones como las de Blum y todo lo que casi a renglón seguido intentó la socialdemocracia tras la II Guerra Mundial, originaron el rechazo del propio Keynes, como nos ha relatado Hayek en su diálogo autobiográfico preparado por Stephen Kresge y Leif Wenan (Unión Editorial, 2010): Estos dos economistas se encontraban «sentados leyendo la prensa en la sala de profesores» del King's College de Cambridge. Hayek le mencionó cómo dos keynesianos como Robinson y Kahn apoyaban la política económica que llevaban a cabo los laboristas y que se ampliaba a la línea socialdemócrata europea: Keynes estalló: «No son más que unos tontos. Ya sabe, mis ideas eran importantes en los años treinta y no se discutía sobre la pertinencia de combatir la inflación, Pero puede creerme, Hayek, mis ideas han caído en el olvido. Voy a invertir la opinión pública» . Seis semanas más tarde había fallecido.
Mitterrand no se había enterado de nada, e intentó, hace treinta años, volver a poner en macha ese proyecto socialista keynesiano. Pero el 9 de marzo de 1982, Mitterrand, según el mismo libro de Attali tuvo que exclamar: «¿Por qué tal déficit presupuestario? ¿Por qué todo esto patina?» Y la crisis pasó a enseñorearse de Francia.
En aquel momento se señalaba que la socialdemocracia carecía de originales propuestas socioeconómicas. Al comentar el libro de Tony Judt, «Todo va mal», en su importante nota «Elegía por la socialdemocracia» aparecida en «Revista de Libros» en marzo 2011, señala el profesor Álvarez Junco cómo Judt considera que el mensaje socialdemócrata deriva a que «no basta con ofrecer más eficacia o más abundancia; hay que ofrecer valores, fines buenos y no pensar sólo en costes económicos, también en los sociales, culturales, medioambientales, estéticos». En suma, que no hay ya un programa serio de desarrollo económico. Quien desee saber cómo avanza económicamente un pueblo, debe desertar de los derivados de la socialdemocracia y de los del progresismo campamental.
José Mª Carrascal
El vuelco
Ha sido un referéndum, que ha perdido Zapatero. Lo proclamó él mismo en sus mítines al no pedir el voto para el o la candidata socialista. Lo pedía para el PSOE, único capaz de «detener a la derecha de la derecha europea». Pero resulta que los españoles han preferido a esa «derecha de la derecha europea» incluso en fortines socialistas. El 14 de abril de 1931, «España se acostó monárquica y se levantó republicana», según el entonces presidente de Gobierno, almirante Aznar (nada que ver con quien ocuparía el cargo 66 años después); esta vez, se acostó popular y se levantó popular. También aquéllas fueron unas elecciones municipales, aunque la izquierda triunfó sólo en las grandes ciudades, mientras en el resto se impuso la derecha. Ahora, la derecha se ha impuesto por doquier. Con otra importante diferencia: el Rey lo tomó como una derrota personal y dejó el trono para «no enfrentar a los españoles». Una actitud que Zapatero no parece dispuesto a adoptar.
Eso coloca al PP en condiciones de ensueño: con el poder municipal y regional, mientras el PSOE sigue desgastándose en el Gobierno. Tácticamente le conviene mantener esta situación hasta las próximas elecciones, a las que Zapatero y el PSOE llegarán hechos trizas. Lo malo es que también España llegará hecha trizas. No podemos permitirnos el lujo de seguir con un gobierno provisional que acumula error tras error, porque en marzo de 2012 estaremos donde están hoy Grecia, Irlanda y Portugal.
Se ha acabado el tiempo de hablar mucho y no hacer nada, de echar la culpa al adversario sin asumir las propias, de pensar sólo en las próximas elecciones e ignorar los verdaderos problemas del país. Aparte de que la calle no lo permitiría. Hasta ahora, la protesta se dirige contra los políticos, con buenas razones, pues han venido dedicándose a perpetuar sus privilegios en vez de a procurar el bien general. Pero si esa protesta pasa de los políticos a la política, y de la política a la democracia, cosa que puede ocurrir en un país de tan escasa experiencia democrática como el nuestro, nos habremos metidos en una vía de radicalismo y demagogia que nos alejará del camino europeo que habíamos emprendido. Justo lo que nos faltaba cuando ya nos estamos alejando económicamente. Y encima, con la sombra de Eta más amplia que nunca planeando sobre el País Vasco.
O se celebran de inmediato elecciones generales o los dos grandes partidos llegan a un pacto de Estado para afrontar los problemas pendientes. Lo que no podemos es seguir con gobierno y oposición echándose mutuamente las culpas mientras se instala una democracia de plaza pública. Las juntas ciudadanas y los consejos populares nunca han hecho una democracia. La democracia nace en las urnas, se hace en las instituciones y la garantiza la justicia. Pero aunque nos falta todavía bastante para llegar a ella, al menos las urnas han hablado con claridad. Sólo falta que las escuchemos.
Ha sido un referéndum, que ha perdido Zapatero. Lo proclamó él mismo en sus mítines al no pedir el voto para el o la candidata socialista. Lo pedía para el PSOE, único capaz de «detener a la derecha de la derecha europea». Pero resulta que los españoles han preferido a esa «derecha de la derecha europea» incluso en fortines socialistas. El 14 de abril de 1931, «España se acostó monárquica y se levantó republicana», según el entonces presidente de Gobierno, almirante Aznar (nada que ver con quien ocuparía el cargo 66 años después); esta vez, se acostó popular y se levantó popular. También aquéllas fueron unas elecciones municipales, aunque la izquierda triunfó sólo en las grandes ciudades, mientras en el resto se impuso la derecha. Ahora, la derecha se ha impuesto por doquier. Con otra importante diferencia: el Rey lo tomó como una derrota personal y dejó el trono para «no enfrentar a los españoles». Una actitud que Zapatero no parece dispuesto a adoptar.
Eso coloca al PP en condiciones de ensueño: con el poder municipal y regional, mientras el PSOE sigue desgastándose en el Gobierno. Tácticamente le conviene mantener esta situación hasta las próximas elecciones, a las que Zapatero y el PSOE llegarán hechos trizas. Lo malo es que también España llegará hecha trizas. No podemos permitirnos el lujo de seguir con un gobierno provisional que acumula error tras error, porque en marzo de 2012 estaremos donde están hoy Grecia, Irlanda y Portugal.
Se ha acabado el tiempo de hablar mucho y no hacer nada, de echar la culpa al adversario sin asumir las propias, de pensar sólo en las próximas elecciones e ignorar los verdaderos problemas del país. Aparte de que la calle no lo permitiría. Hasta ahora, la protesta se dirige contra los políticos, con buenas razones, pues han venido dedicándose a perpetuar sus privilegios en vez de a procurar el bien general. Pero si esa protesta pasa de los políticos a la política, y de la política a la democracia, cosa que puede ocurrir en un país de tan escasa experiencia democrática como el nuestro, nos habremos metidos en una vía de radicalismo y demagogia que nos alejará del camino europeo que habíamos emprendido. Justo lo que nos faltaba cuando ya nos estamos alejando económicamente. Y encima, con la sombra de Eta más amplia que nunca planeando sobre el País Vasco.
O se celebran de inmediato elecciones generales o los dos grandes partidos llegan a un pacto de Estado para afrontar los problemas pendientes. Lo que no podemos es seguir con gobierno y oposición echándose mutuamente las culpas mientras se instala una democracia de plaza pública. Las juntas ciudadanas y los consejos populares nunca han hecho una democracia. La democracia nace en las urnas, se hace en las instituciones y la garantiza la justicia. Pero aunque nos falta todavía bastante para llegar a ella, al menos las urnas han hablado con claridad. Sólo falta que las escuchemos.
Gabriel Albiac
La agonía
Zapatero es el cerebro de un adolescente, injertado sobre una ignorancia más allá de lo descriptible
«ASÍ es como acaba el mundo. No con un estallido, sino con un sollozo». T. S. Elliot da clave poética a lo que todo hombre sospecha: que sucede el fin de un mundo cada vez que un sistema de convenciones se desmorona, cada vez que eso a lo cual llamamos lo más evidente hace quiebra y aparece como grotesco tejido de convenciones tras del cual se parapeta un poder al cual no rozan jamás ni honradez ni inteligencia. El fin del mundo es siempre. Pero hay días en los cuales su simbólica emerge con la cegadora intensidad de lo insoportable.
Se acabó. El septenato necio terminó ayer. En la hecatombe electoral que hubiera debido consumarse hace tres años. La perpendicular da ahora sobre el vacío en el cual naufraga la máquina de acuñar votos que fue el Partido Socialista desde su reinvención en 1975 mediante aquella envidiable amalgama del dinero de la socialdemocracia alemana y del Departamento de Estado. Los inacabables años de corrupción y crímenes de Estado bajo González habían de mostrar hasta dónde puede llegar gente sin más objetivo político que el de enriquecerse deprisa y eternizarse en el Gobierno. Ocho años de normalidad gris bajo Aznar daban a pensar que, al fin, comenzábamos a sospechar lo que es la democracia: el aburrido sistema político en el quienes asesinan o roban en nombre del Estado van aburridamente a la cárcel. Luego, en el estupor que siguió al asesinato en masa del once de marzo de 2004, el poder cayó en manos de la gente más mortífera para un país civilizado: Zapatero es el cerebro de un adolescente no demasiado agudo, injertado sobre una ignorancia más allá de lo descriptible. Lo espantoso es que, tras la exhibición de eso a tumba abierta durante sus cuatro primeros años, el voto de 2008 volviera a darle en la urnas la presidencia, condenándonos ya irremisiblemente a la ruina en la cual hemos desembocado y que no hay manera de camuflar bajo retóricas de humanitarismo angelical, cantarín y faldicorto.
Lo de ayer tiene valor de referéndum. Nadie era tan estúpido como para fantasear que votaba a su particular alcalde o presidente autónomo. No es imaginable la unanimidad antisocialista del voto, si así fuera. Cada uno de los caciques locales que fueron desalojados de feudos considerados hasta hace muy poco tiempo inexpugnables, era una bofetada en el rostro de un presidente al cual el ciudadano medio ha constatado como el más funesto desde la democracia. No me apiadaré de esos caciques: son parte de un sistema de corrupción sistemática que ha alzado a los peores; y que ha despedazado cualquier fe del ciudadano decente en la políca.
Una última calderilla de vergüenza debiera bastar a quien no sea un simple ganapán a cargo de la hacienda pública para que constatase cómo todo se ha acabado, cómo prolongar esta agonía ocho meses más es un suicidio en toda regla, cómo hay que cerrar el ciclo, adelantar las elecciones generales, poner todo al servicio de una nueva administración que intente arreglar algo de lo destrozado. Una última calderilla de vergüenza. El drama es que nos las vemos con gente que carece de eso. Y así se nos acaba el mundo. Sin que el sollozo acabe en estallido.
Zapatero es el cerebro de un adolescente, injertado sobre una ignorancia más allá de lo descriptible
«ASÍ es como acaba el mundo. No con un estallido, sino con un sollozo». T. S. Elliot da clave poética a lo que todo hombre sospecha: que sucede el fin de un mundo cada vez que un sistema de convenciones se desmorona, cada vez que eso a lo cual llamamos lo más evidente hace quiebra y aparece como grotesco tejido de convenciones tras del cual se parapeta un poder al cual no rozan jamás ni honradez ni inteligencia. El fin del mundo es siempre. Pero hay días en los cuales su simbólica emerge con la cegadora intensidad de lo insoportable.
Se acabó. El septenato necio terminó ayer. En la hecatombe electoral que hubiera debido consumarse hace tres años. La perpendicular da ahora sobre el vacío en el cual naufraga la máquina de acuñar votos que fue el Partido Socialista desde su reinvención en 1975 mediante aquella envidiable amalgama del dinero de la socialdemocracia alemana y del Departamento de Estado. Los inacabables años de corrupción y crímenes de Estado bajo González habían de mostrar hasta dónde puede llegar gente sin más objetivo político que el de enriquecerse deprisa y eternizarse en el Gobierno. Ocho años de normalidad gris bajo Aznar daban a pensar que, al fin, comenzábamos a sospechar lo que es la democracia: el aburrido sistema político en el quienes asesinan o roban en nombre del Estado van aburridamente a la cárcel. Luego, en el estupor que siguió al asesinato en masa del once de marzo de 2004, el poder cayó en manos de la gente más mortífera para un país civilizado: Zapatero es el cerebro de un adolescente no demasiado agudo, injertado sobre una ignorancia más allá de lo descriptible. Lo espantoso es que, tras la exhibición de eso a tumba abierta durante sus cuatro primeros años, el voto de 2008 volviera a darle en la urnas la presidencia, condenándonos ya irremisiblemente a la ruina en la cual hemos desembocado y que no hay manera de camuflar bajo retóricas de humanitarismo angelical, cantarín y faldicorto.
Lo de ayer tiene valor de referéndum. Nadie era tan estúpido como para fantasear que votaba a su particular alcalde o presidente autónomo. No es imaginable la unanimidad antisocialista del voto, si así fuera. Cada uno de los caciques locales que fueron desalojados de feudos considerados hasta hace muy poco tiempo inexpugnables, era una bofetada en el rostro de un presidente al cual el ciudadano medio ha constatado como el más funesto desde la democracia. No me apiadaré de esos caciques: son parte de un sistema de corrupción sistemática que ha alzado a los peores; y que ha despedazado cualquier fe del ciudadano decente en la políca.
Una última calderilla de vergüenza debiera bastar a quien no sea un simple ganapán a cargo de la hacienda pública para que constatase cómo todo se ha acabado, cómo prolongar esta agonía ocho meses más es un suicidio en toda regla, cómo hay que cerrar el ciclo, adelantar las elecciones generales, poner todo al servicio de una nueva administración que intente arreglar algo de lo destrozado. Una última calderilla de vergüenza. El drama es que nos las vemos con gente que carece de eso. Y así se nos acaba el mundo. Sin que el sollozo acabe en estallido.
César Vidal
Libertad y prosperidad
El siglo XX constituyó una terrorífica sucesión de batallas libradas entre el socialismo y la causa de la libertad. El primero adoptó las más diversas y siniestras formas. Unas veces, fue internacionalista y se envolvió en la bandera roja; otras, fue nacionalista y llevó camisa negra, parda o azul. Sin embargo, en todos los casos sólo trajo violencia, miseria y supresión de libertad. En las últimas horas previas al final de la campaña electoral, Falange se sumó a los ocupantes de la Puerta del Sol. Es coherente porque el socialismo azul comparte buena parte de la cosmovisión económica del socialismo rojo y como él provocó la desgracia de millones de personas. En 1959, a dos décadas del final de la guerra civil, España se moría de hambre y estaba al borde de la quiebra fundamentalmente porque la ortodoxia económica oficial era la de la Falange de gente como Girón que no tenía la menor idea de economía, que rezumaba voluntarismo y que insistía en avanzar más todavía en la misma dirección con la que llevaba aplastando económicamente España desde hacía veinte años.
En 2011, España ha vuelto a entrar en el Top Ten de las naciones al borde de la quiebra simplemente porque llevamos siete años de política socialista salpimentada de alianzas con los nacionalistas. En 1959, España pudo salir adelante y comenzar el espectacular desarrollo de los años sesenta simplemente porque Franco decidió ser pragmático y aceptar una profunda liberalización económica pautada por el FMI y diseñada por los tecnócratas del Opus. En 2011, España sólo podrá salir adelante si liberaliza a fondo su economía y se libra como de la peor plaga de las aciagas recetas socialistas que nos han llevado, entre otras maravillas, a tener más de cinco millones de desempleados y un cuarenta por ciento de paro juvenil. Por supuesto, puestos a ocupar un espacio público, falangistas y antisistema, anarquistas y comunistas, socialistas y bilduistas –¡qué apoyo más revelador el de Bildu a estas ocupaciones!– pueden clamar contra el capitalismo, el liberalismo y el simple sentido común, pero es un hecho objetivo y repetido hasta la saciedad que sus recetas son las que siempre traen demagogia, pobreza y castas empeñadas en decir a los demás hasta cómo miccionar. Históricamente, la pobreza tiene su mayor enemigo en la libertad.
Se trata de la libertad de elegir y de contratar como quieren las partes y no como se le antoja a los liberados sindicales; la libertad para gastar el dinero como nos place y no como desean los burócratas; la libertad que deriva de esa propiedad privada que tanto molesta a los estatalistas; la libertad que viene de poder disfrutar unos ahorros no devorados por los impuestos o la inflación; la libertad de una educación escogida de acuerdo con la propia conciencia y no como se le pone en las insignias al comisario político de turno; la libertad para abrir empresas sin temor a que la quiebre la agencia tributaria, los ayuntamientos o las CCAA; la libertad para ir a una iglesia o no ir a ninguna; o la libertad incluso para acudir a los toros, fumar o hacerse vegetariano según nos apetezca. No lo entienden y no quieren entenderlo empeñados en que cuanto más recorten la libertad mejor nos irá. Se equivocan trágicamente. Sin libertad, no existe la menor posibilidad de prosperidad.
El siglo XX constituyó una terrorífica sucesión de batallas libradas entre el socialismo y la causa de la libertad. El primero adoptó las más diversas y siniestras formas. Unas veces, fue internacionalista y se envolvió en la bandera roja; otras, fue nacionalista y llevó camisa negra, parda o azul. Sin embargo, en todos los casos sólo trajo violencia, miseria y supresión de libertad. En las últimas horas previas al final de la campaña electoral, Falange se sumó a los ocupantes de la Puerta del Sol. Es coherente porque el socialismo azul comparte buena parte de la cosmovisión económica del socialismo rojo y como él provocó la desgracia de millones de personas. En 1959, a dos décadas del final de la guerra civil, España se moría de hambre y estaba al borde de la quiebra fundamentalmente porque la ortodoxia económica oficial era la de la Falange de gente como Girón que no tenía la menor idea de economía, que rezumaba voluntarismo y que insistía en avanzar más todavía en la misma dirección con la que llevaba aplastando económicamente España desde hacía veinte años.
En 2011, España ha vuelto a entrar en el Top Ten de las naciones al borde de la quiebra simplemente porque llevamos siete años de política socialista salpimentada de alianzas con los nacionalistas. En 1959, España pudo salir adelante y comenzar el espectacular desarrollo de los años sesenta simplemente porque Franco decidió ser pragmático y aceptar una profunda liberalización económica pautada por el FMI y diseñada por los tecnócratas del Opus. En 2011, España sólo podrá salir adelante si liberaliza a fondo su economía y se libra como de la peor plaga de las aciagas recetas socialistas que nos han llevado, entre otras maravillas, a tener más de cinco millones de desempleados y un cuarenta por ciento de paro juvenil. Por supuesto, puestos a ocupar un espacio público, falangistas y antisistema, anarquistas y comunistas, socialistas y bilduistas –¡qué apoyo más revelador el de Bildu a estas ocupaciones!– pueden clamar contra el capitalismo, el liberalismo y el simple sentido común, pero es un hecho objetivo y repetido hasta la saciedad que sus recetas son las que siempre traen demagogia, pobreza y castas empeñadas en decir a los demás hasta cómo miccionar. Históricamente, la pobreza tiene su mayor enemigo en la libertad.
Se trata de la libertad de elegir y de contratar como quieren las partes y no como se le antoja a los liberados sindicales; la libertad para gastar el dinero como nos place y no como desean los burócratas; la libertad que deriva de esa propiedad privada que tanto molesta a los estatalistas; la libertad que viene de poder disfrutar unos ahorros no devorados por los impuestos o la inflación; la libertad de una educación escogida de acuerdo con la propia conciencia y no como se le pone en las insignias al comisario político de turno; la libertad para abrir empresas sin temor a que la quiebre la agencia tributaria, los ayuntamientos o las CCAA; la libertad para ir a una iglesia o no ir a ninguna; o la libertad incluso para acudir a los toros, fumar o hacerse vegetariano según nos apetezca. No lo entienden y no quieren entenderlo empeñados en que cuanto más recorten la libertad mejor nos irá. Se equivocan trágicamente. Sin libertad, no existe la menor posibilidad de prosperidad.
David Gistau
Los domingos vacíos
No me enchufé a la jornada del sábado, pues el Sporting estaba salvado desde antes y en la cuerda de galeotes a Segunda no tenía a nadie por quien sufrir. Ni siquiera me sorprendió el descenso de un campeón de Liga que antaño logró ingresar en la aristocracia nacional. Hacía tiempo que el Depor había traicionado su adolescencia prometedora, de irreductible galo vestido como Obélix, para volverse anodino en una madurez de provincias. Como si Rimbaud hubiera opositado a bibliotecario poco después de romper letras. Ya no era un equipo personaje, aunque es obvio que todo esto no importa nada a una hinchada destrozada que deberá convocar noches crimeanas para recordar el tiempo en que fueron héroes y dejaron muesca hasta en San Siro.
En cuanto al Real Madrid, Cristiano tiene su pichichi y su récord. Y, después de la subordinación de toda la plantilla a ese objetivo personal, estamos dispuestos incluso a trucarle un espejito mágico que le diga cada 10 minutos que no hay ningún otro mejor jugador del mundo sino él, ni siquiera Messi, quien además no luce bien los calzoncillos en las vallas publicitarias, salvo que sean diseños para hobbits. Esto no lo pienso yo, se lo digo a Cristiano para que aquiete la fiera de su ego, que está royendo dos huesos de goma -el pichichi y el récord-, y nos conceda al menos una temporada más antes de trasladarse a un equipo que esté a la altura de su mitología no resuelta.
Creo que el miedo a que Cristiano deserte es un reflejo condicionado por la reciente tradición madridista de autodestrucción anual. La institución ha terminado muchas de las últimas temporadas colgando del palo mayor lo mismo a entrenadores a los que no se concedió tiempo que principios innegociables que lo eran sólo hasta el siguiente antojo del presidente. El Barsa maduraba, se maceraba en una intención. Y el Madrí se improvisaba a sí mismo cada mes de julio, a veces refutando después de pocos meses todo cuanto se había propuesto ser. Lo milagroso es que haya permanecido en puestos altos, existiendo entre confusiones conceptuales y repentismos autocráticos como los de la reina de Alicia: «¡Que le corten la cabeza!». Por eso, aun con todas las reticencias al técnico y al chulo de chiringuito, celebro la continuidad de 'Mou'. Porque son preferibles los partidos de sílex a no saber si la próxima temporada seremos gavilán o paloma, y tener que volver a empezar. Termino la Liga con la esperanza de que también el Real Madrid esté completando un proceso de maduración, a pesar de la volatilidad ambiental, de los extravíos en los aledaños de la bronca y las conspiraciones. Y de que esa maceración surja un equipo con suficiente confianza y personalidad para jugar siempre como lo hace contra los rivales menores y en los minutos de la basura de la temporada. Y no como lo hizo en los partidos determinantes contra el Barcelona. En definitiva, que cabe pedirle a Mou que no encanalle el ambiente ni arrastre al público a un síndrome de la almena, que no urda intrigas evasivas con las que eludir la aceptación de la derrota, y que nunca más vuelva a vulgarizar entre cálculos tácticos a un equipo con potencial para cincelarse su propia columna trajana. Pido aquello a lo que fui acostumbrado: que el Madrí no convierta el planteamiento de un partido en una confesión de inferioridad. Pido esa grandeza que hace innecesaria la invención de un relato identitario. Y fingiré que no me he enterado de que se ha fichado a un cierto Altintop para pedirlo unas semanitas más.
Al parecer falta por jugarse no sé qué final ajena. Pero para nosotros comienzan esos meses sin fútbol en los que el domingo es un actor que se quedó sin su única frase.
No me enchufé a la jornada del sábado, pues el Sporting estaba salvado desde antes y en la cuerda de galeotes a Segunda no tenía a nadie por quien sufrir. Ni siquiera me sorprendió el descenso de un campeón de Liga que antaño logró ingresar en la aristocracia nacional. Hacía tiempo que el Depor había traicionado su adolescencia prometedora, de irreductible galo vestido como Obélix, para volverse anodino en una madurez de provincias. Como si Rimbaud hubiera opositado a bibliotecario poco después de romper letras. Ya no era un equipo personaje, aunque es obvio que todo esto no importa nada a una hinchada destrozada que deberá convocar noches crimeanas para recordar el tiempo en que fueron héroes y dejaron muesca hasta en San Siro.
En cuanto al Real Madrid, Cristiano tiene su pichichi y su récord. Y, después de la subordinación de toda la plantilla a ese objetivo personal, estamos dispuestos incluso a trucarle un espejito mágico que le diga cada 10 minutos que no hay ningún otro mejor jugador del mundo sino él, ni siquiera Messi, quien además no luce bien los calzoncillos en las vallas publicitarias, salvo que sean diseños para hobbits. Esto no lo pienso yo, se lo digo a Cristiano para que aquiete la fiera de su ego, que está royendo dos huesos de goma -el pichichi y el récord-, y nos conceda al menos una temporada más antes de trasladarse a un equipo que esté a la altura de su mitología no resuelta.
Creo que el miedo a que Cristiano deserte es un reflejo condicionado por la reciente tradición madridista de autodestrucción anual. La institución ha terminado muchas de las últimas temporadas colgando del palo mayor lo mismo a entrenadores a los que no se concedió tiempo que principios innegociables que lo eran sólo hasta el siguiente antojo del presidente. El Barsa maduraba, se maceraba en una intención. Y el Madrí se improvisaba a sí mismo cada mes de julio, a veces refutando después de pocos meses todo cuanto se había propuesto ser. Lo milagroso es que haya permanecido en puestos altos, existiendo entre confusiones conceptuales y repentismos autocráticos como los de la reina de Alicia: «¡Que le corten la cabeza!». Por eso, aun con todas las reticencias al técnico y al chulo de chiringuito, celebro la continuidad de 'Mou'. Porque son preferibles los partidos de sílex a no saber si la próxima temporada seremos gavilán o paloma, y tener que volver a empezar. Termino la Liga con la esperanza de que también el Real Madrid esté completando un proceso de maduración, a pesar de la volatilidad ambiental, de los extravíos en los aledaños de la bronca y las conspiraciones. Y de que esa maceración surja un equipo con suficiente confianza y personalidad para jugar siempre como lo hace contra los rivales menores y en los minutos de la basura de la temporada. Y no como lo hizo en los partidos determinantes contra el Barcelona. En definitiva, que cabe pedirle a Mou que no encanalle el ambiente ni arrastre al público a un síndrome de la almena, que no urda intrigas evasivas con las que eludir la aceptación de la derrota, y que nunca más vuelva a vulgarizar entre cálculos tácticos a un equipo con potencial para cincelarse su propia columna trajana. Pido aquello a lo que fui acostumbrado: que el Madrí no convierta el planteamiento de un partido en una confesión de inferioridad. Pido esa grandeza que hace innecesaria la invención de un relato identitario. Y fingiré que no me he enterado de que se ha fichado a un cierto Altintop para pedirlo unas semanitas más.
Al parecer falta por jugarse no sé qué final ajena. Pero para nosotros comienzan esos meses sin fútbol en los que el domingo es un actor que se quedó sin su única frase.
jueves, 19 de mayo de 2011
Martín Prieto
Llegaron los piqueteros
En la década de los 90 despidos masivos de YPF ( Yacimientos Petrolíferos Fiscales ) en la provincia de Neuquén, en la cordillera andina, provocaron cortes en las principales rutas centrales argentinas: habían nacido los piqueteros. Hoy constituyen una fuerza móvil, deliberadamente desorganizada y en estado gaseoso, con el único referente de Luis D Elía (Federación Tierra y Vivienda ), una especie de Willy Toledo pero con aires de lumpenproletariado. Los piqueteros son despedidos sin reciclaje, pobladores de villas miserias, cartoneros con carrito, jóvenes sin expectativas, ultraderechistas de medio pelo ( en Argentina sí hay derecha extrema), ex –represores de la dictadura sin picana, desempleados, antisistema, ecologistas radicales, la izquierda desaforada del Partido Comunista, y otros agobiados y cabreados. Sirven para amedrentar a la Prensa ocupando «Clarín», para desbaratar la protesta antigubernamental de los pequeños agroganaderos asfixiados por los impuestos, cortar la Panamericana para sembrar el caos o dar una paliza con sus profesores de cachiporra. El extinto ex presidente Néstor Kirchner los financiaba como ariete peronista. Ya están aquí. El PSOE siempre se ha inspirado más en Iberoamérica que en Europa: Carlos Andrés Pérez, Omar Torrijos, el mexicano dóberman ya muy gastado por el uso, y faltaban los piqueteros aparentemente extraperonistas. En marzo de 2004 los ordenadores socialistas echaron humo enviando SMS sacando la gente a la calle. En otra víspera electoral, repiten la jugada. Ya se lo decía Zapatero a Iñaki Gabilondo: «Hay que empezar a crispar el ambiente»: los piqueteros llegan para quedarse. Serán muy útiles a un PSOE en la oposición.
Cacerolas como en Irak
Hay quien compara las protestas de Sol con las concentraciones en la plaza Tahir de El Cairo (Egipto). Pero si hay un símil claro con estampas recientes en España es el de las caceroladas de las protestas por la guerra de Irak. Colectivos de jóvenes, estudiantes, pacifistas y alternativos fueron en su mayoría los impulsores de esta ruidosa rebelión.
En la década de los 90 despidos masivos de YPF ( Yacimientos Petrolíferos Fiscales ) en la provincia de Neuquén, en la cordillera andina, provocaron cortes en las principales rutas centrales argentinas: habían nacido los piqueteros. Hoy constituyen una fuerza móvil, deliberadamente desorganizada y en estado gaseoso, con el único referente de Luis D Elía (Federación Tierra y Vivienda ), una especie de Willy Toledo pero con aires de lumpenproletariado. Los piqueteros son despedidos sin reciclaje, pobladores de villas miserias, cartoneros con carrito, jóvenes sin expectativas, ultraderechistas de medio pelo ( en Argentina sí hay derecha extrema), ex –represores de la dictadura sin picana, desempleados, antisistema, ecologistas radicales, la izquierda desaforada del Partido Comunista, y otros agobiados y cabreados. Sirven para amedrentar a la Prensa ocupando «Clarín», para desbaratar la protesta antigubernamental de los pequeños agroganaderos asfixiados por los impuestos, cortar la Panamericana para sembrar el caos o dar una paliza con sus profesores de cachiporra. El extinto ex presidente Néstor Kirchner los financiaba como ariete peronista. Ya están aquí. El PSOE siempre se ha inspirado más en Iberoamérica que en Europa: Carlos Andrés Pérez, Omar Torrijos, el mexicano dóberman ya muy gastado por el uso, y faltaban los piqueteros aparentemente extraperonistas. En marzo de 2004 los ordenadores socialistas echaron humo enviando SMS sacando la gente a la calle. En otra víspera electoral, repiten la jugada. Ya se lo decía Zapatero a Iñaki Gabilondo: «Hay que empezar a crispar el ambiente»: los piqueteros llegan para quedarse. Serán muy útiles a un PSOE en la oposición.
Cacerolas como en Irak
Hay quien compara las protestas de Sol con las concentraciones en la plaza Tahir de El Cairo (Egipto). Pero si hay un símil claro con estampas recientes en España es el de las caceroladas de las protestas por la guerra de Irak. Colectivos de jóvenes, estudiantes, pacifistas y alternativos fueron en su mayoría los impulsores de esta ruidosa rebelión.
César Vidal
El complejo de Luisa Fernanda
Hace décadas que llegué a la conclusión de que el arte es un reflejo mucho más fidedigno del alma de una cultura que las proclamas de los reyes. Reflexionaba esto mismo el sábado pasado mientras asistía a una representación de Luisa Fernanda. Considerada una de las mejores zarzuelas, también se ha repetido que es la única que tiene una conclusión equivocada. Juzguen ustedes. Luisa Fernanda es una joven que vive en Madrid con su padre y que bebe los vientos por el oficial Javier Moreno. Antiguo mozo de caballerizas, ambicioso y ansioso de subir en la escala social, Moreno no duda en engañar a Luisa Fernanda con la duquesa Carolina. El disgusto sufrido por la joven lo aprovecha Vidal Hernando, un hacendado, para acercarse a Luisa Fernanda con la intención de convertirla en su esposa. Hombre hecho a sí mismo y que no pertenece a la nobleza ni aspira a alternar con ella, Hernando decide incluso apoyar la causa liberal simplemente porque Moreno es absolutista. Al estallar la revolución de 1868, Vidal puede matar a Moreno de un tiro, pero se limita a derribar su caballo. Cuando Moreno cae en manos de los liberales –que quieren ejecutarlo–, Vidal se interpone y logra salvarle la vida por segunda vez en el mismo día. Pero entonces se produce un cambio dramático en la situación. Una carga de los húsares aplasta a los rebeldes y Javier pretende con saña que se ejecute a Vidal. Sólo el que uno de los revolucionarios insista en responsabilizarse de lo sucedido salva al hacendado. Moreno, resentido porque no ha logrado dar muerte a quien lo salvó dos veces, desprecia en público a Luisa Fernanda y se va con la duquesa. La joven se abraza entonces a Vidal y cae el telón. Seguramente, ahí debía haber terminado la zarzuela, pero continúa un acto más. Cuando está a punto de contraer matrimonio con Vidal, Javier aparece tras ser derrotado y dice a Luisa Fernanda que la ama, y se la lleva ante la mirada consternada de Hernando que no quiere interponerse en un amor. No tengo duda alguna de que una parte notable de la sociedad española padece el complejo de Luisa Fernanda. Por pura sensatez, debería unir su vida a opciones de solvencia, nobleza, lealtad y bienestar. Sin embargo, prefiere a personajes que encarnan el resentimiento social, que carecen de dignidad, que se despepitan por coquetear con la jet set, que carecen de escrúpulos y que se vengan con saña de los que no los laminaron en su día como han tenido ocasión de ver, entre otros, Federico Trillo o José María Aznar. De vez en cuando, los Javier Moreno son derrotados por sentido común, pero su carrera no termina. Tras los GAL, un 24% de paro, la aniquilación del sistema educativo y la ruina económica, regresaron con ZP más obtusos, chulos, incompetentes y resentidos que nunca, y la España que tiene complejo de Luisa Fernanda volvió a votarlos. Todo parece indicar que el 22 de mayo, el PSOE sufrirá un revolcón considerable. No me tranquiliza. Hay suficientes españoles con complejo de Luisa Fernanda como para votarlos de nuevo el próximo año. Y es que yo lo siento mucho, pero si tuviera que definir de manera adecuada a Luisa Fernanda, diría pura, lisa y llanamente que es «tonta del culo».
Hace décadas que llegué a la conclusión de que el arte es un reflejo mucho más fidedigno del alma de una cultura que las proclamas de los reyes. Reflexionaba esto mismo el sábado pasado mientras asistía a una representación de Luisa Fernanda. Considerada una de las mejores zarzuelas, también se ha repetido que es la única que tiene una conclusión equivocada. Juzguen ustedes. Luisa Fernanda es una joven que vive en Madrid con su padre y que bebe los vientos por el oficial Javier Moreno. Antiguo mozo de caballerizas, ambicioso y ansioso de subir en la escala social, Moreno no duda en engañar a Luisa Fernanda con la duquesa Carolina. El disgusto sufrido por la joven lo aprovecha Vidal Hernando, un hacendado, para acercarse a Luisa Fernanda con la intención de convertirla en su esposa. Hombre hecho a sí mismo y que no pertenece a la nobleza ni aspira a alternar con ella, Hernando decide incluso apoyar la causa liberal simplemente porque Moreno es absolutista. Al estallar la revolución de 1868, Vidal puede matar a Moreno de un tiro, pero se limita a derribar su caballo. Cuando Moreno cae en manos de los liberales –que quieren ejecutarlo–, Vidal se interpone y logra salvarle la vida por segunda vez en el mismo día. Pero entonces se produce un cambio dramático en la situación. Una carga de los húsares aplasta a los rebeldes y Javier pretende con saña que se ejecute a Vidal. Sólo el que uno de los revolucionarios insista en responsabilizarse de lo sucedido salva al hacendado. Moreno, resentido porque no ha logrado dar muerte a quien lo salvó dos veces, desprecia en público a Luisa Fernanda y se va con la duquesa. La joven se abraza entonces a Vidal y cae el telón. Seguramente, ahí debía haber terminado la zarzuela, pero continúa un acto más. Cuando está a punto de contraer matrimonio con Vidal, Javier aparece tras ser derrotado y dice a Luisa Fernanda que la ama, y se la lleva ante la mirada consternada de Hernando que no quiere interponerse en un amor. No tengo duda alguna de que una parte notable de la sociedad española padece el complejo de Luisa Fernanda. Por pura sensatez, debería unir su vida a opciones de solvencia, nobleza, lealtad y bienestar. Sin embargo, prefiere a personajes que encarnan el resentimiento social, que carecen de dignidad, que se despepitan por coquetear con la jet set, que carecen de escrúpulos y que se vengan con saña de los que no los laminaron en su día como han tenido ocasión de ver, entre otros, Federico Trillo o José María Aznar. De vez en cuando, los Javier Moreno son derrotados por sentido común, pero su carrera no termina. Tras los GAL, un 24% de paro, la aniquilación del sistema educativo y la ruina económica, regresaron con ZP más obtusos, chulos, incompetentes y resentidos que nunca, y la España que tiene complejo de Luisa Fernanda volvió a votarlos. Todo parece indicar que el 22 de mayo, el PSOE sufrirá un revolcón considerable. No me tranquiliza. Hay suficientes españoles con complejo de Luisa Fernanda como para votarlos de nuevo el próximo año. Y es que yo lo siento mucho, pero si tuviera que definir de manera adecuada a Luisa Fernanda, diría pura, lisa y llanamente que es «tonta del culo».
martes, 17 de mayo de 2011
Arturo Pérez-Reverte
«¿QUÉ VOY A HACER AHORA?»
El segundo gintonic, Pencho se vuelve hacia mí. Hace quince minutos que aguardo, paciente, esperando que se decida a contármelo. Por fin hace sonar el hielo en el vaso, me mira un instante a los ojos y aparta la mirada, avergonzado. «Hoy he cerrado la empresa», dice al fin. Después se calla un instante, bebe un trago largo y sonríe a medias con una amargura que no le había visto nunca. «Acabo de echar a la calle a cinco personas.»
Puede ahorrarme los antecedentes. Nos conocemos hace mucho tiempo y estoy al corriente de su historia, parecida a tantas: empresa activa y rentable, asfixiada en los últimos años por la crisis internacional, el desconcierto económico español, el cinismo y la incompetencia de un Gobierno sin rumbo ni pudor, el pesebrismo de unos sindicatos sobornados, la parálisis intelectual de una oposición corrupta y torpe, la desvergüenza de una clase política insolidaria e insaciable. Pencho ha estado peleando hasta el final, pero está solo. Por todas partes le deben dinero. Dicen: «No te voy a pagar, no puedo, lo siento», y punto. Nada que hacer. Los bancos no sueltan ni un euro más. Las deudas se lo comen vivo; y él también, como consecuencia, debe a todo el mundo. «Debo hasta callarme», ironiza. Todo al carajo. Lleva un año pagando a los empleados con sus ahorros personales. No puede más.
Cinco tragos después, con el tercer gintonic en las manos, Pencho reúne arrestos para referirme la escena. «Fueron entrando uno por uno –cuenta–. La secretaria, el contable y los otros. Y yo allí, sentado detrás de la mesa, y mi abogado en el sofá, echando una mano cuando era necesario… Se me pegaba la camisa a la espalda contra el asiento, oye. Del sudor. De la vergüenza… Lo siento mucho, les iba diciendo, pero ya conoce usted la situación. Hasta aquí hemos llegado, y la empresa cierra.»
Lo peor, añade mi amigo, no fueron las lágrimas de la secretaria, ni el desconcierto del contable. Lo peor fue cuando llegó el turno de Pablo, encargado del almacén. Pablo –yo mismo lo conozco bien– es un gigantón de manos grandes y rostro honrado, que durante veintisiete años trabajó en la empresa de mi amigo con una dedicación y una constancia ejemplares. Pablo era el clásico hombre capaz y diligente que lo mismo cargaba cajas que hacía de chófer, se ocupaba de cambiar una bombilla fundida, atender el correo y el teléfono o ayudar a los compañeros. «Buena persona y leal como un doberman –confirma Pencho–. Y con esa misma lealtad me miraba a los ojos esta mañana, mientras yo le explicaba cómo están las cosas. Escuchó sin despegar los labios, asintiendo de vez en cuando. Como dándome la razón en todo. Sabiendo, como sabe, que se va al paro con cincuenta y siete años, y que a esa edad es muy probable que ya no vuelva a encontrar jamás un trabajo en esta mierda de país en el que vivimos… ¿Y sabes qué me dijo cuando acabé de leerle la sentencia? ¿Sabes su único comentario, mientras me miraba con esos ojos leales suyos?» Respondo que no. Que no lo sé, y que malditas las ganas que tengo de saberlo. Pero Pencho, al que de nuevo le tintinea el hielo del gintonic en los dientes, me agarra por la manga de la chaqueta, como si pretendiera evitar que me largue antes de haberlo escuchado todo. Así que lo miro a la cara, esperando. Resignado. Entonces mi amigo cierra un momento los ojos, como si de ese modo pudiera ver mejor el rostro de su empleado. Aunque, pienso luego, quizá lo que ocurre es que intenta borrar la imagen del rostro que tiene impresa en ellos. Cualquiera sabe.
«¿Y qué voy a hacer ahora, don Fulgencio?... Eso es exactamente lo que me dijo. Sin indignación, ni énfasis, ni reproche, ni nada. Me miró a los ojos con su cara de tipo honrado y me preguntó eso. Qué iba a hacer ahora. Como si lo meditara en voz alta, con buena voluntad. Como si de pronto se encontrara en un lugar extraño, que lo dejaba desvalido. Algo que nunca previó. Una situación para la que no estaba preparado, en la que durante estos veintisiete años no pensó nunca.»
«¿Y qué le respondiste?», pregunto. Pencho deja el vaso vacío sobre la mesa y se lo queda mirando, cabizbajo. «Me eché a llorar como un idiota –responde–. Por él, por mí, por esta trampa en la que nos ha metido esa estúpida pandilla de incompetentes y embusteros, con sus brotes verdes y sus recuperaciones inminentes que siempre están a punto de ocurrir y que nunca ocurren. ¿Y sabes lo peor?... Que el pobre tipo estaba allí, delante de mí, y aún decía: No se lo tome así, don Fulgencio, ya me las arreglaré. Y me consolaba.»
El segundo gintonic, Pencho se vuelve hacia mí. Hace quince minutos que aguardo, paciente, esperando que se decida a contármelo. Por fin hace sonar el hielo en el vaso, me mira un instante a los ojos y aparta la mirada, avergonzado. «Hoy he cerrado la empresa», dice al fin. Después se calla un instante, bebe un trago largo y sonríe a medias con una amargura que no le había visto nunca. «Acabo de echar a la calle a cinco personas.»
Puede ahorrarme los antecedentes. Nos conocemos hace mucho tiempo y estoy al corriente de su historia, parecida a tantas: empresa activa y rentable, asfixiada en los últimos años por la crisis internacional, el desconcierto económico español, el cinismo y la incompetencia de un Gobierno sin rumbo ni pudor, el pesebrismo de unos sindicatos sobornados, la parálisis intelectual de una oposición corrupta y torpe, la desvergüenza de una clase política insolidaria e insaciable. Pencho ha estado peleando hasta el final, pero está solo. Por todas partes le deben dinero. Dicen: «No te voy a pagar, no puedo, lo siento», y punto. Nada que hacer. Los bancos no sueltan ni un euro más. Las deudas se lo comen vivo; y él también, como consecuencia, debe a todo el mundo. «Debo hasta callarme», ironiza. Todo al carajo. Lleva un año pagando a los empleados con sus ahorros personales. No puede más.
Cinco tragos después, con el tercer gintonic en las manos, Pencho reúne arrestos para referirme la escena. «Fueron entrando uno por uno –cuenta–. La secretaria, el contable y los otros. Y yo allí, sentado detrás de la mesa, y mi abogado en el sofá, echando una mano cuando era necesario… Se me pegaba la camisa a la espalda contra el asiento, oye. Del sudor. De la vergüenza… Lo siento mucho, les iba diciendo, pero ya conoce usted la situación. Hasta aquí hemos llegado, y la empresa cierra.»
Lo peor, añade mi amigo, no fueron las lágrimas de la secretaria, ni el desconcierto del contable. Lo peor fue cuando llegó el turno de Pablo, encargado del almacén. Pablo –yo mismo lo conozco bien– es un gigantón de manos grandes y rostro honrado, que durante veintisiete años trabajó en la empresa de mi amigo con una dedicación y una constancia ejemplares. Pablo era el clásico hombre capaz y diligente que lo mismo cargaba cajas que hacía de chófer, se ocupaba de cambiar una bombilla fundida, atender el correo y el teléfono o ayudar a los compañeros. «Buena persona y leal como un doberman –confirma Pencho–. Y con esa misma lealtad me miraba a los ojos esta mañana, mientras yo le explicaba cómo están las cosas. Escuchó sin despegar los labios, asintiendo de vez en cuando. Como dándome la razón en todo. Sabiendo, como sabe, que se va al paro con cincuenta y siete años, y que a esa edad es muy probable que ya no vuelva a encontrar jamás un trabajo en esta mierda de país en el que vivimos… ¿Y sabes qué me dijo cuando acabé de leerle la sentencia? ¿Sabes su único comentario, mientras me miraba con esos ojos leales suyos?» Respondo que no. Que no lo sé, y que malditas las ganas que tengo de saberlo. Pero Pencho, al que de nuevo le tintinea el hielo del gintonic en los dientes, me agarra por la manga de la chaqueta, como si pretendiera evitar que me largue antes de haberlo escuchado todo. Así que lo miro a la cara, esperando. Resignado. Entonces mi amigo cierra un momento los ojos, como si de ese modo pudiera ver mejor el rostro de su empleado. Aunque, pienso luego, quizá lo que ocurre es que intenta borrar la imagen del rostro que tiene impresa en ellos. Cualquiera sabe.
«¿Y qué voy a hacer ahora, don Fulgencio?... Eso es exactamente lo que me dijo. Sin indignación, ni énfasis, ni reproche, ni nada. Me miró a los ojos con su cara de tipo honrado y me preguntó eso. Qué iba a hacer ahora. Como si lo meditara en voz alta, con buena voluntad. Como si de pronto se encontrara en un lugar extraño, que lo dejaba desvalido. Algo que nunca previó. Una situación para la que no estaba preparado, en la que durante estos veintisiete años no pensó nunca.»
«¿Y qué le respondiste?», pregunto. Pencho deja el vaso vacío sobre la mesa y se lo queda mirando, cabizbajo. «Me eché a llorar como un idiota –responde–. Por él, por mí, por esta trampa en la que nos ha metido esa estúpida pandilla de incompetentes y embusteros, con sus brotes verdes y sus recuperaciones inminentes que siempre están a punto de ocurrir y que nunca ocurren. ¿Y sabes lo peor?... Que el pobre tipo estaba allí, delante de mí, y aún decía: No se lo tome así, don Fulgencio, ya me las arreglaré. Y me consolaba.»
Arturo Pérez-Reverte
Hace 200 años, La Albuera
Hace tiempo que no cuento una de esas historias de navegaciones y batallitas que me gusta recordar de vez en cuando. También llevo años sin mentarle la madre a la pérfida Albión; que, como saben los veteranos de esta página, siempre fue mi enemiga histórica favorita. Si como lector disfruto con los libros que cuentan episodios navales o terrestres, disfruto mucho más cuando quienes palman son ingleses. Como español -cada cual nace donde puede, no donde quiere- estoy harto de que todos los historiadores y novelistas británicos, barriendo para casa, describan a los marinos y soldados de aquí como chusma incompetente y cobarde que olía a ajo. Por eso, cuando tengo ocasión de recordar algún lance donde a los súbditos de Su Graciosa les rompieran los cuernos, disfruto como gorrino en bancal de zanahorias. A otros les gusta el fútbol.
Esta semana, lo de La Albuera me lo pone fácil. El lunes 16 de mayo se cumple el bicentenario exacto de cuando, en plena guerra de la Independencia, 34.000 españoles, ingleses y portugueses se batieron allí durante cinco horas con 23.000 franceses que iban a socorrer Badajoz, rechazándolos. Dos brigadas británicas fueron casi aniquiladas; las tropas españolas, registrando incluso las cartucheras de los muertos, mantuvieron la línea frente a los asaltos franceses, y en el campo quedó muerto o herido uno de cada cinco combatientes. La Albuera fue una de las más sangrientas batallas de la guerra de España. Y por supuesto, desde los historiadores ingleses de la época -Napier, Londonderry, Oman- hasta los de ahora, todos coinciden en atribuir a sus tropas el peso de la batalla, dejando a los españoles, como también ocurrió con la batalla de Chiclana, en un modesto y aseadito segundo término. Esos pobres chicos spaniards, ya saben. Simples colaboradores y tal.
Sin embargo, la realidad fue otra. Cartas y relatos de testigos, ingleses incluidos, permiten hoy establecer lo que realmente ocurrió en La Albuera. Y fue que, correspondiendo el flanco derecho a las tropas españolas, situadas sobre una colina y en un frente de sólo 600 metros de anchura, hacia allí se dirigió el principal ataque francés. Manteniendo sus posiciones bajo un fuego horroroso -los reclutas del 4º batallón de Guardias cayeron en el mismo lugar donde se encontraban, sin romper la formación-, los españoles rechazaron dos ataques gabachos. Al hallarse ya sin munición cuando se iniciaba el tercero, la brigada británica Colborne hizo un paso de línea para situarse delante y soportar el tercer asalto. Pero, en vez de quedarse en la colina, los ingleses, deseosos de demostrar que para chulitos ellos -y realmente siempre combatieron muy bien en la guerra de España-, avanzaron hacia las tropas enemigas sin advertir que había caballería imperial apostada cerca. La brigada inglesa fue destrozada, además de otra que andaba por allí. Asumir un error táctico de ese calibre, dos brigadas de Su Majestad pasadas por la cuchilla de picar carne, era duro de tragar para Wellington. Y cuando leyó el parte donde el general Beresford contaba lo ocurrido, exigió otro donde se omitiera la desastrosa maniobra, así como el hecho de que los españoles resistieron a solas los dos primeros asaltos. Quería algo que sonase más a tenaz y heroica resistencia inglesa. Y esa segunda versión, adecuada al orgullo nacional británico, fue la publicada por la prensa y adoptada oficialmente en los libros de Historia.
Uno de los más minuciosos historiadores militares españoles actuales, José Manuel Guerrero Acosta, se ha tomado en los últimos años el trabajo de desempolvar todos esos partes de guerra, probando cuanto acabo de contar. Con mucha irritación, por cierto, de colegas ingleses como el ilustre Charles Esdaile; que durante un congreso reciente en Varsovia se levantó, airado, para decir que esa revisión de lo ocurrido en La Albuera «ofende la memoria de las tropas británicas que lucharon en España». Curiosa afirmación, por cierto, de un historiador al que no parecen ofenderle la memoria los centenares de mujeres españolas violadas cuando las tropas británicas entraron en Badajoz, Ciudad Rodrigo y San Sebastián, ni sus compatriotas historiadores y novelistas que llevan doscientos años asegurando que, en la guerra peninsular, las tropas de Napoleón fueron derrotadas sólo por Wellington; a veces, eso sí, con la colaboración -a regañadientes, por supuesto- de la miserable chusma española que, en las siempre gloriosas y heroicas batallas inglesas, se limitaba a llevarle el botijo.
Hace tiempo que no cuento una de esas historias de navegaciones y batallitas que me gusta recordar de vez en cuando. También llevo años sin mentarle la madre a la pérfida Albión; que, como saben los veteranos de esta página, siempre fue mi enemiga histórica favorita. Si como lector disfruto con los libros que cuentan episodios navales o terrestres, disfruto mucho más cuando quienes palman son ingleses. Como español -cada cual nace donde puede, no donde quiere- estoy harto de que todos los historiadores y novelistas británicos, barriendo para casa, describan a los marinos y soldados de aquí como chusma incompetente y cobarde que olía a ajo. Por eso, cuando tengo ocasión de recordar algún lance donde a los súbditos de Su Graciosa les rompieran los cuernos, disfruto como gorrino en bancal de zanahorias. A otros les gusta el fútbol.
Esta semana, lo de La Albuera me lo pone fácil. El lunes 16 de mayo se cumple el bicentenario exacto de cuando, en plena guerra de la Independencia, 34.000 españoles, ingleses y portugueses se batieron allí durante cinco horas con 23.000 franceses que iban a socorrer Badajoz, rechazándolos. Dos brigadas británicas fueron casi aniquiladas; las tropas españolas, registrando incluso las cartucheras de los muertos, mantuvieron la línea frente a los asaltos franceses, y en el campo quedó muerto o herido uno de cada cinco combatientes. La Albuera fue una de las más sangrientas batallas de la guerra de España. Y por supuesto, desde los historiadores ingleses de la época -Napier, Londonderry, Oman- hasta los de ahora, todos coinciden en atribuir a sus tropas el peso de la batalla, dejando a los españoles, como también ocurrió con la batalla de Chiclana, en un modesto y aseadito segundo término. Esos pobres chicos spaniards, ya saben. Simples colaboradores y tal.
Sin embargo, la realidad fue otra. Cartas y relatos de testigos, ingleses incluidos, permiten hoy establecer lo que realmente ocurrió en La Albuera. Y fue que, correspondiendo el flanco derecho a las tropas españolas, situadas sobre una colina y en un frente de sólo 600 metros de anchura, hacia allí se dirigió el principal ataque francés. Manteniendo sus posiciones bajo un fuego horroroso -los reclutas del 4º batallón de Guardias cayeron en el mismo lugar donde se encontraban, sin romper la formación-, los españoles rechazaron dos ataques gabachos. Al hallarse ya sin munición cuando se iniciaba el tercero, la brigada británica Colborne hizo un paso de línea para situarse delante y soportar el tercer asalto. Pero, en vez de quedarse en la colina, los ingleses, deseosos de demostrar que para chulitos ellos -y realmente siempre combatieron muy bien en la guerra de España-, avanzaron hacia las tropas enemigas sin advertir que había caballería imperial apostada cerca. La brigada inglesa fue destrozada, además de otra que andaba por allí. Asumir un error táctico de ese calibre, dos brigadas de Su Majestad pasadas por la cuchilla de picar carne, era duro de tragar para Wellington. Y cuando leyó el parte donde el general Beresford contaba lo ocurrido, exigió otro donde se omitiera la desastrosa maniobra, así como el hecho de que los españoles resistieron a solas los dos primeros asaltos. Quería algo que sonase más a tenaz y heroica resistencia inglesa. Y esa segunda versión, adecuada al orgullo nacional británico, fue la publicada por la prensa y adoptada oficialmente en los libros de Historia.
Uno de los más minuciosos historiadores militares españoles actuales, José Manuel Guerrero Acosta, se ha tomado en los últimos años el trabajo de desempolvar todos esos partes de guerra, probando cuanto acabo de contar. Con mucha irritación, por cierto, de colegas ingleses como el ilustre Charles Esdaile; que durante un congreso reciente en Varsovia se levantó, airado, para decir que esa revisión de lo ocurrido en La Albuera «ofende la memoria de las tropas británicas que lucharon en España». Curiosa afirmación, por cierto, de un historiador al que no parecen ofenderle la memoria los centenares de mujeres españolas violadas cuando las tropas británicas entraron en Badajoz, Ciudad Rodrigo y San Sebastián, ni sus compatriotas historiadores y novelistas que llevan doscientos años asegurando que, en la guerra peninsular, las tropas de Napoleón fueron derrotadas sólo por Wellington; a veces, eso sí, con la colaboración -a regañadientes, por supuesto- de la miserable chusma española que, en las siempre gloriosas y heroicas batallas inglesas, se limitaba a llevarle el botijo.
David Gistau
El 'pichichi' de Voltaire
En una escena de Heat, Pacino vuelve a casa y descubre que su esposa le es infiel. Ella y el amante, ambos en bata, desayunan en la cocina mientras ven la tele. (En una pesadilla de Mourinho, el adulterio consistiría en un trío, y en la cocina se habría encontrado a Stark y De Bleeckere con la indumentaria arbitral y todo). Aun llevando pistola, sólo un modo se le ocurre a Pacino de salvar un ápice de honra: de pronto recuerda que el televisor es suyo, arranca el enchufe y se lo lleva. Podrán zumbarse a su mujer, pero la tele se la queda.
Visto lo de Sevilla, cuando ya no importa que los jugadores del Madrí se conviertan en costaleros de Cristiano, lo poco que queda de temporada va a consistir en intentar que Messi no se quede encima con el televisor. O sea, con el trofeo pichichi, que una conjura de vestuario pretende arrebatarle para que Cristiano se aplique mermelada en las heridas del ego y para apañar un simulacro de propósito que dé algún sentido a estos melancólicos minutos de la basura en los que no hay ni abrazos después de cada gol. Si Voltaire proponía inventar pasiones con las que ejercitarse a la espera de las verdaderas, el pichichi es el orgasmo fingido con el que la parroquia de Chamartín habrá de hacer el tránsito hasta el veraneo. Sólo queda eso y las deliciosas especulaciones sobre fichajes, que cualquier día de éstos terminarán llevando a las portadas de los diarios deportivos al Team 6 de los Navy SEAL. Eso es un medio campo mourinhista, mecagüeeennn... Ésa es una alineación salvadora de civilizaciones. ¿Acaso no sería una herramienta más eficaz que la plancha spengleriana de Pepe para liquidar el ingrávido manierismo del tiqui-taca?
La actualidad siempre nos concede una nueva oportunidad de citar al mozo de estoques de El Gallo quien, comprobando que una locomotora le bufaba en el andén de Atocha, exclamó: «Esos cojones, en Despeñaperros». Semejante burla del coraje a destiempo podría ahora perseguir a este Real Madrid que se atreve en Mestalla y Nervión a hacer los partidos para los que no encontró carácter cuando el Barcelona visitó Chamartín. En Sevilla, el Real Madrid volvió a esbozar la capacidad de convertirse en un equipo plaga que se posa sobre el rival y deja una osamenta. Volvió a recordar que tiene futbolistas a los que sólo falta una sirena para imitar el bombardeo en picado del Stuka. Pero necesitan que los liberen, que les concedan licencia para jugar. Y no que un planteamiento cobarde los transforme en una montonera estéril parapetada lejos de lo que Orfeo Suárez llama las zonas erógenas de la cancha. O es la relajación, o es que el bloqueo psicológico ante el Barsa es más grave de lo que temíamos. Pero resulta que, con la única excepción de la final de Copa, el Madrí ha jugado mejor cuanto menos importantes fueron volviéndose los partidos. Cuando no tenía sentido el zafarrancho cornetero de Mou y se aflojaba la mecanización del talento. Ya que Mou no se irá, y que ya están fatigadas todas las frases que era preciso pronunciar contra él, hagamos como que los partidazos a destiempo del Real Madrid no han de ahondar la frustración de cuanto el equipo pudo haber sido de atreverse, sino que son heraldos de un porvenir mejor. Mou es demasiado inteligente para creerse todas las conspiraciones evasivas que se ha inventado y con las que ha logrado imbuir en la grada una adhesión cerril que le hace fuerte y le permite mantener secuestrado el club, además de reducirlo a un constante alboroto de vivac en el que toda sombra anuncia un enemigo. Sabe que eso no colará siempre, no en el segundo año. Y que ha de alcanzar un contrato en el que pacten su mismidad de sílex y la visión ideal que la historia impone al Real Madrid. Mientras tanto, que Messi no se quede el televisor, encima.
En una escena de Heat, Pacino vuelve a casa y descubre que su esposa le es infiel. Ella y el amante, ambos en bata, desayunan en la cocina mientras ven la tele. (En una pesadilla de Mourinho, el adulterio consistiría en un trío, y en la cocina se habría encontrado a Stark y De Bleeckere con la indumentaria arbitral y todo). Aun llevando pistola, sólo un modo se le ocurre a Pacino de salvar un ápice de honra: de pronto recuerda que el televisor es suyo, arranca el enchufe y se lo lleva. Podrán zumbarse a su mujer, pero la tele se la queda.
Visto lo de Sevilla, cuando ya no importa que los jugadores del Madrí se conviertan en costaleros de Cristiano, lo poco que queda de temporada va a consistir en intentar que Messi no se quede encima con el televisor. O sea, con el trofeo pichichi, que una conjura de vestuario pretende arrebatarle para que Cristiano se aplique mermelada en las heridas del ego y para apañar un simulacro de propósito que dé algún sentido a estos melancólicos minutos de la basura en los que no hay ni abrazos después de cada gol. Si Voltaire proponía inventar pasiones con las que ejercitarse a la espera de las verdaderas, el pichichi es el orgasmo fingido con el que la parroquia de Chamartín habrá de hacer el tránsito hasta el veraneo. Sólo queda eso y las deliciosas especulaciones sobre fichajes, que cualquier día de éstos terminarán llevando a las portadas de los diarios deportivos al Team 6 de los Navy SEAL. Eso es un medio campo mourinhista, mecagüeeennn... Ésa es una alineación salvadora de civilizaciones. ¿Acaso no sería una herramienta más eficaz que la plancha spengleriana de Pepe para liquidar el ingrávido manierismo del tiqui-taca?
La actualidad siempre nos concede una nueva oportunidad de citar al mozo de estoques de El Gallo quien, comprobando que una locomotora le bufaba en el andén de Atocha, exclamó: «Esos cojones, en Despeñaperros». Semejante burla del coraje a destiempo podría ahora perseguir a este Real Madrid que se atreve en Mestalla y Nervión a hacer los partidos para los que no encontró carácter cuando el Barcelona visitó Chamartín. En Sevilla, el Real Madrid volvió a esbozar la capacidad de convertirse en un equipo plaga que se posa sobre el rival y deja una osamenta. Volvió a recordar que tiene futbolistas a los que sólo falta una sirena para imitar el bombardeo en picado del Stuka. Pero necesitan que los liberen, que les concedan licencia para jugar. Y no que un planteamiento cobarde los transforme en una montonera estéril parapetada lejos de lo que Orfeo Suárez llama las zonas erógenas de la cancha. O es la relajación, o es que el bloqueo psicológico ante el Barsa es más grave de lo que temíamos. Pero resulta que, con la única excepción de la final de Copa, el Madrí ha jugado mejor cuanto menos importantes fueron volviéndose los partidos. Cuando no tenía sentido el zafarrancho cornetero de Mou y se aflojaba la mecanización del talento. Ya que Mou no se irá, y que ya están fatigadas todas las frases que era preciso pronunciar contra él, hagamos como que los partidazos a destiempo del Real Madrid no han de ahondar la frustración de cuanto el equipo pudo haber sido de atreverse, sino que son heraldos de un porvenir mejor. Mou es demasiado inteligente para creerse todas las conspiraciones evasivas que se ha inventado y con las que ha logrado imbuir en la grada una adhesión cerril que le hace fuerte y le permite mantener secuestrado el club, además de reducirlo a un constante alboroto de vivac en el que toda sombra anuncia un enemigo. Sabe que eso no colará siempre, no en el segundo año. Y que ha de alcanzar un contrato en el que pacten su mismidad de sílex y la visión ideal que la historia impone al Real Madrid. Mientras tanto, que Messi no se quede el televisor, encima.
David Gistau
Imagen de marca
La principal diferencia entre izquierda y derecha es la imagen de marca. Después de un partido reciente, Guardiola equiparó el buen fútbol con el fútbol de izquierdas, como si un cerrojazo delatara a fascistas. Las frases de Guardiola son mullidas como el lomo del borreguito de Norit, y para poco más sirven que para pasarles los dedos. Pero aquélla me interesó porque confirmaba que el término izquierda, como su eufemismo progresista, se han convertido en adjetivos aplicables a cualquier cosa que siempre contienen una idea positiva. Todo lo bueno es por definición progresista. Los goles de Messi son progresistas. El helado de chocolate es progresista. Las tetas de Bar Rafaeli son progresistas. La multiplicación del oso amenazado de extinción es progresista. Progresista es la cerveza que tomamos mientras vemos atardecer sobre el mar.
Este éxito de la publicidad y el maniqueísmo permite algo aún más meritorio, comparable casi con la varita mágica. Agarrar conceptos negativos y volverlos positivos sólo con asociarlos a la palabra progresista. Por ejemplo, Bildu. Es una emulsión del crimen organizado, pero, habiendo recibido los salvoconductos progresistas, de repente goza de una integración tal que permite a Rubalcaba decir en un mitin que lo único verdaderamente «incompatible con la democracia» es el PP. No el terrorismo y sus caretas, redimidos por el nihil obstat de la izquierda: lo chungo es el PP, incluso éste de Rajoy que carece de agallas y de propósitos, y que se está desintegrando antes incluso de haberse expuesto al desgaste del poder. Qué hombres más chiquitos los que han de cargar con el peso de una época tan grande.
Ingresar en el término progresista es como acogerse a sagrado, como disponer de lo que Tom Wolfe llamaba la «pistola láser universal». Si Bildu es progresista, por puro automatismo será un oscuro caverní-cola de la reacción cualquiera que critique una sentencia política ajena a las evidencias de fraude y el acceso de un terrorismo aún vigente -«¡A triunfar!», como dijo Otegi- a fuentes de financiación pública por la que a las víctimas del porvenir podría terminar ocurriéndoles lo que a los ejecutados en China: pagar la bala que les mató.
La legalización de Bildu, festejada por una parroquia progresista amnésica en cuanto a los muertos, nos sitúa ante un peli-gro moral. Igual que ya se apropió del ideal republicano, la izquierda pretende monopolizar el concepto de democracia, en el cual se es progresista o no se es. Eso acerca la consagración de un sistema aberrante, donde el crimen organizado está integrado y liberales y conservadores reciben trato de forajidos y son conducidos, emplumados y a lomos de una mula, hasta los límites de la ciudad. Curioso tiempo, el que concede más respeto al asesino que al burgués.
La principal diferencia entre izquierda y derecha es la imagen de marca. Después de un partido reciente, Guardiola equiparó el buen fútbol con el fútbol de izquierdas, como si un cerrojazo delatara a fascistas. Las frases de Guardiola son mullidas como el lomo del borreguito de Norit, y para poco más sirven que para pasarles los dedos. Pero aquélla me interesó porque confirmaba que el término izquierda, como su eufemismo progresista, se han convertido en adjetivos aplicables a cualquier cosa que siempre contienen una idea positiva. Todo lo bueno es por definición progresista. Los goles de Messi son progresistas. El helado de chocolate es progresista. Las tetas de Bar Rafaeli son progresistas. La multiplicación del oso amenazado de extinción es progresista. Progresista es la cerveza que tomamos mientras vemos atardecer sobre el mar.
Este éxito de la publicidad y el maniqueísmo permite algo aún más meritorio, comparable casi con la varita mágica. Agarrar conceptos negativos y volverlos positivos sólo con asociarlos a la palabra progresista. Por ejemplo, Bildu. Es una emulsión del crimen organizado, pero, habiendo recibido los salvoconductos progresistas, de repente goza de una integración tal que permite a Rubalcaba decir en un mitin que lo único verdaderamente «incompatible con la democracia» es el PP. No el terrorismo y sus caretas, redimidos por el nihil obstat de la izquierda: lo chungo es el PP, incluso éste de Rajoy que carece de agallas y de propósitos, y que se está desintegrando antes incluso de haberse expuesto al desgaste del poder. Qué hombres más chiquitos los que han de cargar con el peso de una época tan grande.
Ingresar en el término progresista es como acogerse a sagrado, como disponer de lo que Tom Wolfe llamaba la «pistola láser universal». Si Bildu es progresista, por puro automatismo será un oscuro caverní-cola de la reacción cualquiera que critique una sentencia política ajena a las evidencias de fraude y el acceso de un terrorismo aún vigente -«¡A triunfar!», como dijo Otegi- a fuentes de financiación pública por la que a las víctimas del porvenir podría terminar ocurriéndoles lo que a los ejecutados en China: pagar la bala que les mató.
La legalización de Bildu, festejada por una parroquia progresista amnésica en cuanto a los muertos, nos sitúa ante un peli-gro moral. Igual que ya se apropió del ideal republicano, la izquierda pretende monopolizar el concepto de democracia, en el cual se es progresista o no se es. Eso acerca la consagración de un sistema aberrante, donde el crimen organizado está integrado y liberales y conservadores reciben trato de forajidos y son conducidos, emplumados y a lomos de una mula, hasta los límites de la ciudad. Curioso tiempo, el que concede más respeto al asesino que al burgués.
David Gistau
El nuevo fatalismo
Un bar de mi barrio organizó una porra para el partido. Como cualquier bar de tantos barrios de España, dirán ustedes. Pero resulta que esta porra era diferente. No se apostaba al resultado, sino al expulsado del Real Madrid, concretando el minuto en que le echarían.
Con menos guasa, ése fue el estado de ánimo del madridismo en las vísperas de la visita al matadero del Nou Camp. Una disposición al agravio antes que a la remontada. Una voluntad de consagrar el fatalismo como único signo identitario de distinción, ya que el juego y la victoria son patrimonio del Barcelona. Aún. Después del fracaso, la introspección es dolorosa. Y las chanzas arbitrales no sólo ofrecían una vía evasiva. Sino que incluso permitían cauterizar la herida con humor, como en el bar de mi barrio.
Hace algún tiempo, escribí que la capacidad psicológica de Mou consistía en que era capaz de lograr la complicidad de los jugadores en su guerra contra el mundo. Un síndrome de trinchera, una vertebración furiosa. Lo ha logrado también con la hinchada, que más le venera cuanto más pierde porque sólo la derrota justifica el delirio redentor del que todo en este Real Madrid está prendido.
La humillación, verdadera o no, como combustible del alma, igual que en las sociedades apetentes de caudillo. Por eso a Mou a menudo se le entregan equipos que vienen de no ganar nada, durante mucho tiempo.
Es cierto que el gol anulado al Real Madrid por una falta pitada a Cristiano cuando en realidad fue empujado ayudaba a aprobar el mito de la persecución. Casi hasta habría venido bien ese expulsado para apuntalar la certeza de que la UEFA, la UNICEF y las monjas carmelitas conspiran contra el Madrí y hacen vudú con su escudo. En caliente, ¿por qué no agarrarse a ello? ¿Por qué no simular que de verdad creemos que sólo dos decisiones arbitrales que reventaron la eliminatoria apartaron al Real Madrid de esa copa europea que es su unidad de destino en lo universal?
Pero, en frío, la cabeza no se conformaba, pedía más. Exigía la confesión de que Mourinho convirtió el primer partido en un tiro al aire, lo desperdició con una disposición cobarde más atenta a los barcos que a la honra, y encima sugirió que la expulsión de Pepe arruinó precisamente los veinte minutos finales que tenía pensados para la gloria. La confesión de que, cuando la vuelta en Barcelona sugería que por fin había que desatarse y esbozar un equipo parecido al que centellea en nuestra memoria, lo que destiló fue la frustrante impresión de que no da la talla. De que no aparecen los cracks, achicados casi en cada gran ocasión. Y de que, terminada la temporada, descubrimos que acordamos con Mou perder principios y estilo a cambio de victoria, y amanecemos de la Noche Triste sin principios, sin estilo y sin victoria. ¿O habrá quien aún diga que la Copa del Rey es la piedra sobre la cual construir iglesia?
El final del partido relajó la tensión agónica y dejó una sensación aún más dura. La de que el Barcelona ya se ha acostumbrado a esto. De que ha convertido en un hábito, casi en una rutina, demoler al Real Madrid en cada intento confuso de resurrección.
Un siglo de historia, tantos recuerdos gratos de juego y victoria, para terminar en manos de un agreste hacedor de malos partidos, de un líder que lo es a base de atizar malos instintos y al que sólo falta, como si se tratara del Reichstag, quemar el Bernabéu para poder echar la culpa al Barsa, a los árbitros, a la UNICEF, a Paris Hilton y a los marcianos, que tienen todos manía al Real Madrid.
Un bar de mi barrio organizó una porra para el partido. Como cualquier bar de tantos barrios de España, dirán ustedes. Pero resulta que esta porra era diferente. No se apostaba al resultado, sino al expulsado del Real Madrid, concretando el minuto en que le echarían.
Con menos guasa, ése fue el estado de ánimo del madridismo en las vísperas de la visita al matadero del Nou Camp. Una disposición al agravio antes que a la remontada. Una voluntad de consagrar el fatalismo como único signo identitario de distinción, ya que el juego y la victoria son patrimonio del Barcelona. Aún. Después del fracaso, la introspección es dolorosa. Y las chanzas arbitrales no sólo ofrecían una vía evasiva. Sino que incluso permitían cauterizar la herida con humor, como en el bar de mi barrio.
Hace algún tiempo, escribí que la capacidad psicológica de Mou consistía en que era capaz de lograr la complicidad de los jugadores en su guerra contra el mundo. Un síndrome de trinchera, una vertebración furiosa. Lo ha logrado también con la hinchada, que más le venera cuanto más pierde porque sólo la derrota justifica el delirio redentor del que todo en este Real Madrid está prendido.
La humillación, verdadera o no, como combustible del alma, igual que en las sociedades apetentes de caudillo. Por eso a Mou a menudo se le entregan equipos que vienen de no ganar nada, durante mucho tiempo.
Es cierto que el gol anulado al Real Madrid por una falta pitada a Cristiano cuando en realidad fue empujado ayudaba a aprobar el mito de la persecución. Casi hasta habría venido bien ese expulsado para apuntalar la certeza de que la UEFA, la UNICEF y las monjas carmelitas conspiran contra el Madrí y hacen vudú con su escudo. En caliente, ¿por qué no agarrarse a ello? ¿Por qué no simular que de verdad creemos que sólo dos decisiones arbitrales que reventaron la eliminatoria apartaron al Real Madrid de esa copa europea que es su unidad de destino en lo universal?
Pero, en frío, la cabeza no se conformaba, pedía más. Exigía la confesión de que Mourinho convirtió el primer partido en un tiro al aire, lo desperdició con una disposición cobarde más atenta a los barcos que a la honra, y encima sugirió que la expulsión de Pepe arruinó precisamente los veinte minutos finales que tenía pensados para la gloria. La confesión de que, cuando la vuelta en Barcelona sugería que por fin había que desatarse y esbozar un equipo parecido al que centellea en nuestra memoria, lo que destiló fue la frustrante impresión de que no da la talla. De que no aparecen los cracks, achicados casi en cada gran ocasión. Y de que, terminada la temporada, descubrimos que acordamos con Mou perder principios y estilo a cambio de victoria, y amanecemos de la Noche Triste sin principios, sin estilo y sin victoria. ¿O habrá quien aún diga que la Copa del Rey es la piedra sobre la cual construir iglesia?
El final del partido relajó la tensión agónica y dejó una sensación aún más dura. La de que el Barcelona ya se ha acostumbrado a esto. De que ha convertido en un hábito, casi en una rutina, demoler al Real Madrid en cada intento confuso de resurrección.
Un siglo de historia, tantos recuerdos gratos de juego y victoria, para terminar en manos de un agreste hacedor de malos partidos, de un líder que lo es a base de atizar malos instintos y al que sólo falta, como si se tratara del Reichstag, quemar el Bernabéu para poder echar la culpa al Barsa, a los árbitros, a la UNICEF, a Paris Hilton y a los marcianos, que tienen todos manía al Real Madrid.
David Gistau
'Yes we kill'
Mientras los votantes de Obama salen a la calle a remedar los festejos que suceden a una victoria deportiva, sus admiradores españoles se han quedado desconsolados por la pérdida de un póster progresista. Como apunta Zabala, habrían preferido que los SEAL descendieran del helicóptero a entregar a Bin Laden una citación para comparecer ante el juez Garzón y que luego se hubieran ido disculpándose por el ruido. Todo un antagonismo psicológico, el de una sociedad cuya cohesión ante el enemigo trasciende complejos y banderías, y otra que, cuando sufrió el 11-M, declaró enemigo a su presidente y casi pidió perdón al yihadismo por haberle obligado con sus malas acciones a castigarla.
Averiguado que lo que podía el Yes We Can era matar, resulta imprevista la acción ejecutiva con la que Obama por fin se vuelve más grande que su retórica y entra en la Historia. En el marco de una guerra global que él asumió, la conmoción por esta muerte es comparable a la de Hitler, de quien no hubo cadáver. Pues en ambos casos formaron parte los EEUU del pelotón spengleriano que acudió para defender la civilización occidental de una amenaza cierta. Y ello, mientras los mismos que se compadecen del trato recibido por Bin Laden ni siquiera son capaces de aceptar que, en esta guerra mundial, los cafés donde se juntan no los asegura la retórica progre, sino el helicóptero de los comandos. Éste es el mensaje que les lanza hasta Obama, de quien ahora hacen apostasía, preguntándose cómo hacer llegar a la yihad un mensaje de yo no he sido. Ha habido tiempo incluso de constatar que muchos de los que trasladaron a Bin Laden el prestigio de azote anti-imperialista que durante muchos años adornó al Che, ahora se aferran a la ocultación del cadáver para propagar una mitología de la presencia del ausente tan friki como la de Elvis Presley. Ya acusan la nostalgia del buen salvaje redentor, hay que ayudarles a encontrar otro porque este golpe moral, sumado al de la caída del Muro, les deja demasiado solos.
En su formidable discurso a la nación, Obama dijo que esto demuestra que EEUU es capaz de toda hazaña. Es decir, que la ejecución de Bin Laden debería ser un catalizador anímico, exactamente como la llegada a la Luna, que confirmó a la URSS su derrota tecnológica. Subir a la Luna o bajar a las cuevas y a las mansiones, defendiendo una misma idealización. Obama es la última representación de esa potencia americana que Whitman vio en los pioneros y Mailer en los pasos lunares de Armstrong: la fuerza del ego. La supervivencia de Bin Laden era algo insoportable para el ego colectivo, además de para toda noción de justicia.
Mientras los votantes de Obama salen a la calle a remedar los festejos que suceden a una victoria deportiva, sus admiradores españoles se han quedado desconsolados por la pérdida de un póster progresista. Como apunta Zabala, habrían preferido que los SEAL descendieran del helicóptero a entregar a Bin Laden una citación para comparecer ante el juez Garzón y que luego se hubieran ido disculpándose por el ruido. Todo un antagonismo psicológico, el de una sociedad cuya cohesión ante el enemigo trasciende complejos y banderías, y otra que, cuando sufrió el 11-M, declaró enemigo a su presidente y casi pidió perdón al yihadismo por haberle obligado con sus malas acciones a castigarla.
Averiguado que lo que podía el Yes We Can era matar, resulta imprevista la acción ejecutiva con la que Obama por fin se vuelve más grande que su retórica y entra en la Historia. En el marco de una guerra global que él asumió, la conmoción por esta muerte es comparable a la de Hitler, de quien no hubo cadáver. Pues en ambos casos formaron parte los EEUU del pelotón spengleriano que acudió para defender la civilización occidental de una amenaza cierta. Y ello, mientras los mismos que se compadecen del trato recibido por Bin Laden ni siquiera son capaces de aceptar que, en esta guerra mundial, los cafés donde se juntan no los asegura la retórica progre, sino el helicóptero de los comandos. Éste es el mensaje que les lanza hasta Obama, de quien ahora hacen apostasía, preguntándose cómo hacer llegar a la yihad un mensaje de yo no he sido. Ha habido tiempo incluso de constatar que muchos de los que trasladaron a Bin Laden el prestigio de azote anti-imperialista que durante muchos años adornó al Che, ahora se aferran a la ocultación del cadáver para propagar una mitología de la presencia del ausente tan friki como la de Elvis Presley. Ya acusan la nostalgia del buen salvaje redentor, hay que ayudarles a encontrar otro porque este golpe moral, sumado al de la caída del Muro, les deja demasiado solos.
En su formidable discurso a la nación, Obama dijo que esto demuestra que EEUU es capaz de toda hazaña. Es decir, que la ejecución de Bin Laden debería ser un catalizador anímico, exactamente como la llegada a la Luna, que confirmó a la URSS su derrota tecnológica. Subir a la Luna o bajar a las cuevas y a las mansiones, defendiendo una misma idealización. Obama es la última representación de esa potencia americana que Whitman vio en los pioneros y Mailer en los pasos lunares de Armstrong: la fuerza del ego. La supervivencia de Bin Laden era algo insoportable para el ego colectivo, además de para toda noción de justicia.
José Javier Esparza y Carmelo López-Arias
'Forjaron España'
Las Laudes Hispaniae constituyen un subgénero muy temprano de nuestra literatura, pero sólo adquieren un tono de reivindicación de la identidad nacional a partir del prólogo, de "estirpe virgiliana" según Claudio Sánchez-Albornoz, con el que San Isidoro de Sevilla abre su Historia de los godos, los suevos y los vándalos.
Casi dos siglos antes, sí, el poeta calagurritano Prudencio había derrochado versos con los que ensalzar las tierras y las ciudades de Hispania, pero... de Hispania como provincia romana. Su provincia romana. Ahí se detenía el patriotismo.
San Isidoro, sin embargo, canta las glorias de un pueblo en plena asunción de una existencia política propia, y él y los suyos desempeñarán un papel decisivo en ese proceso: una familia bendita de Dios que consiguió vivificar con un alma católica el cuerpo de España, ya unificado por un monarca arriano.
Leovigildo derrotó a suevos y bizantinos, redujo los focos de resistencia astures y cántabros y dejó a los visigodos como clase única dominante sobre el viejo sustrato hispanorromano. Levantó la estructura de lo que hoy denominaríamos un Estado con las fronteras bien definidas, si bien ad intra el abismo social seguía abierto entre el pueblo, fiel al Papa, y la élite renuente a aceptar la divinidad de Cristo. Sin cubrir esa fisura la unidad habría resultado ficticia y débil.
Pero la Providencia envolvió la estirpe de Leovigildo con el manto de otra estirpe singular, la de Severiano, un noble de Cartagena cuya sangre era puente entre las dos realidades, en cuanto hijo de católico y arriana. Hombre valiente y fiel a la Iglesia, sus cuatro vástagos llegaron a los altares: San Fulgencio, que fue obispo de Écija; Santa Florentina, fundadora de cuarenta conventos, y, sobre todo, San Leandro y San Isidoro.
San Leandro aprovechó su ascendiente sobre Hermenegildo y Recaredo, los hijos de Leovigildo, para llevarlos a la Fe. Al primero le costó el martirio negarse a comulgar de manos de un obispo arriano, y de esa sangre, simiente de cristianos, brotó la gracia del momento capital de nuestra historia: la conversión de su hermano en 587, ya como rey, y la proclamación en el III Concilio de Toledo de la religión católica como la propia del reino.
En 589 San Isidoro asistió al evento. Tenía treinta y tres años y no era aún obispo. Sucedió a su hermano en la sede hispalense en 596: llegaba su momento en la historia al cruzar el ecuador de una vida intelectualmente feraz. Marcelino Menéndez Pelayo juzga su entendimiento como "el más sintético, universal y prodigioso de su siglo", y fray Justo Pérez de Urbel ve en él al "doctor universal de un milenio". La teología, el derecho, la historia, la literatura o la astronomía formaban parte de sus saberes, y la pretensión universal de sus Etimologías, mentís formidable del supuesto oscurantismo medieval, las convierte en el gran precedente cristiano de la anticristiana Enciclopedia, también por el importante elenco de supersticiones que condena, prestigiosas y antiguas como las de Zoroastro o Egipto, o contemporáneas del santo y no menos torpes.
El papa Inocencio XIII elevó a San Isidoro a la consideración de doctor de la Iglesia en 1722, mas para nosotros su relevancia va más allá de tan elevada estima doctrinal. Su conocimiento de las ciencias sagradas se puso al servicio no sólo de la gloria de Dios, sino de la audacia política que late en otro de sus grandes empeños unificadores: la liturgia.
La ley de la oración es la ley de la fe, dicen los teólogos: como se reza, se cree. San Isidoro percibió además que la ley de la oración es asimismo la ley de la caridad, al menos de la caridad política: si rezamos unidos, permaneceremos unidos. En un mundo tan fragmentario no fue poca cosa, por ejemplo, que el día de la Pascua fuese el mismo para todos, o que se extendiese un único ritual de inmersiones para el bautismo, o que la música imperase en los templos limpia de toda contaminación profana. Hay una arquitectura sagrada isidoriana como hay oficios (el de Sábado Santo, nada menos) y antífonas que se le atribuyen o que él reconoce: "Cosas propias de mi pobre ingenio", proclamaba con humildad. Él definió la liturgia visigótica, signo de identidad nacional hasta que la sustituyó, a partir del siglo xi, el rito romano.
Cuatro centurias oraron los españoles, en cuanto españoles, bajo las normas que fijó en 633, tres años antes de su muerte, un provecto San Isidoro ya venerado por todos. Fue en el IV Concilio de Toledo, en el que se ha visto además un precedente de las Cortes medievales, y donde, con la primera unción de los reyes con el óleo santo, la monarquía hispánica se definió como institución al servicio de la Iglesia.
San Isidoro sustituyó a San Leandro en el asesoramiento y consejo a Recaredo, y lo continuó con su hijo Liuva. Combatió el empeño de restauración arriana de Witerico, apoyó el regreso de Gundemaro a la ortodoxia y vivió una gozosa complicidad con Sisebuto, su amigo, y con Suintila, en cuya magnanimidad y compasión con los más débiles veía las virtudes modélicas del gobernante cristiano. Pero frenó las apetencias de dominio de todos ellos, pues, aunque firme defensor de la alianza del trono y el altar, advirtió y combatió la invasión de prerrogativas civiles en materia eclesiástica, que se desbocó a su muerte.
De estirpe goda, San Isidoro había asumido la herencia autóctona, convirtiéndose en un entusiasta de la unidad nacional y creador de una cultura específica que sobrevivirá a la invasión islámica como catalizador y referente de la Reconquista. Sin él no se entienden ni don Pelayo en la obertura ni Isabel y Fernando en el aria final del primer acto de nuestra ópera verdiana. Ensalzado universalmente como sabio de la humanidad y doctor de la Iglesia, para España es, ante todo, un padre de la patria. ¿El padre de la patria, quizás?
***
Loa a Hispania
1. ¡Oh España, madre sagrada y siempre feliz de príncipes y de pueblos! Eres la más hermosa de todas las tierras, habitadas y por habitar, desde Occidente hasta las Indias. Con todo derecho eres ahora la reina de todas las provincias, luminaria de la que se benefician tanto el Oriente como el Ocaso. Tú eres el encanto y el ornamento de todo el orbe, la parte más ilustre de la tierra, en la que se regocija sobremanera y florece espléndidamente la gloriosa fecundidad del pueblo godo.
2. Con gran indulgencia, aunque merecidamente, te enriqueció la naturaleza con notable abundancia de todo tipo de bienes. Eres rica en frutos, copiosa en uvas, alegre en cosechas; te vistes de mieses, los olivos te ofrecen sus sombras, y las vides te sirven como vestido. Tus campos están llenos de flores, tus montes te hacen frondosa, y tus costas abundan en peces. Estás situada en la zona más agradable del mundo; gracias a ello, ni te abrasa el ardor del sol tropical, ni te agarrota el rigor de los hielos glaciales, sino que abrazada por la zona más templada del cielo, te nutres de felices céfiros. Porque, efectivamente, tú haces posible la fecundidad de los campos, el precioso valor de las minas, y cuanto de hermoso tienen los seres vivientes. Y de ninguna manera tienen por qué minusvalorarte esos ríos a los que ennoblece la merecida fama de sus rebaños.
3. Superas a Alfeo en caballos y al Clitumno en reses, por más que el sagrado Alfeo pueda entrenar a sus veloces cuadrigas por las pistas para hacerse con las palmas olímpicas, y el Clitumno se dedicara en el pasado a ofrecer en sacrificio enormes novillos en el Capitolio. Gracias a tus abundantísimos pastos, no necesitas ambicionar los prados de Etruria, ni, rebosante de palmas, te admiras ante los bosques de Molorco; tampoco sientes envidia de los carros de Élide en la carrera de tus caballos. Tú eres feracísima gracias a tus caudalosos ríos, los torrentes que arrastran pepitas de oro te visten de color amarillo, posees la fuente que engendra la mejor caballería, y te pertenecen los vellones teñidos de púrpura que brillan igual o más que los colores de Tiro. En ti se encuentra la piedra preciosa que brilla en el sombrío interior de los montes y resplandece casi como el sol.
4. Además, eres rica en hijos, en piedras preciosas y en púrpura; por otra parte, a tu gran fecundidad deben su existencia numerosos talentos y gobernantes de imperios, eres opulenta para encumbrar príncipes y feliz a la hora de parirlos. Con razón te deseó desde siempre la áurea Roma, cabeza de los pueblos; y, aunque el romano terminara un día poseyéndote gracias a su Romúlea fortaleza, al final el floreciente pueblo godo, tras numerosas victorias por todo el orbe, te robó el corazón y te amó, y goza ahora de ti con segura felicidad entre la pompa regia y el esplendor del imperio.
Las Laudes Hispaniae constituyen un subgénero muy temprano de nuestra literatura, pero sólo adquieren un tono de reivindicación de la identidad nacional a partir del prólogo, de "estirpe virgiliana" según Claudio Sánchez-Albornoz, con el que San Isidoro de Sevilla abre su Historia de los godos, los suevos y los vándalos.
Casi dos siglos antes, sí, el poeta calagurritano Prudencio había derrochado versos con los que ensalzar las tierras y las ciudades de Hispania, pero... de Hispania como provincia romana. Su provincia romana. Ahí se detenía el patriotismo.
San Isidoro, sin embargo, canta las glorias de un pueblo en plena asunción de una existencia política propia, y él y los suyos desempeñarán un papel decisivo en ese proceso: una familia bendita de Dios que consiguió vivificar con un alma católica el cuerpo de España, ya unificado por un monarca arriano.
Leovigildo derrotó a suevos y bizantinos, redujo los focos de resistencia astures y cántabros y dejó a los visigodos como clase única dominante sobre el viejo sustrato hispanorromano. Levantó la estructura de lo que hoy denominaríamos un Estado con las fronteras bien definidas, si bien ad intra el abismo social seguía abierto entre el pueblo, fiel al Papa, y la élite renuente a aceptar la divinidad de Cristo. Sin cubrir esa fisura la unidad habría resultado ficticia y débil.
Pero la Providencia envolvió la estirpe de Leovigildo con el manto de otra estirpe singular, la de Severiano, un noble de Cartagena cuya sangre era puente entre las dos realidades, en cuanto hijo de católico y arriana. Hombre valiente y fiel a la Iglesia, sus cuatro vástagos llegaron a los altares: San Fulgencio, que fue obispo de Écija; Santa Florentina, fundadora de cuarenta conventos, y, sobre todo, San Leandro y San Isidoro.
San Leandro aprovechó su ascendiente sobre Hermenegildo y Recaredo, los hijos de Leovigildo, para llevarlos a la Fe. Al primero le costó el martirio negarse a comulgar de manos de un obispo arriano, y de esa sangre, simiente de cristianos, brotó la gracia del momento capital de nuestra historia: la conversión de su hermano en 587, ya como rey, y la proclamación en el III Concilio de Toledo de la religión católica como la propia del reino.
En 589 San Isidoro asistió al evento. Tenía treinta y tres años y no era aún obispo. Sucedió a su hermano en la sede hispalense en 596: llegaba su momento en la historia al cruzar el ecuador de una vida intelectualmente feraz. Marcelino Menéndez Pelayo juzga su entendimiento como "el más sintético, universal y prodigioso de su siglo", y fray Justo Pérez de Urbel ve en él al "doctor universal de un milenio". La teología, el derecho, la historia, la literatura o la astronomía formaban parte de sus saberes, y la pretensión universal de sus Etimologías, mentís formidable del supuesto oscurantismo medieval, las convierte en el gran precedente cristiano de la anticristiana Enciclopedia, también por el importante elenco de supersticiones que condena, prestigiosas y antiguas como las de Zoroastro o Egipto, o contemporáneas del santo y no menos torpes.
El papa Inocencio XIII elevó a San Isidoro a la consideración de doctor de la Iglesia en 1722, mas para nosotros su relevancia va más allá de tan elevada estima doctrinal. Su conocimiento de las ciencias sagradas se puso al servicio no sólo de la gloria de Dios, sino de la audacia política que late en otro de sus grandes empeños unificadores: la liturgia.
La ley de la oración es la ley de la fe, dicen los teólogos: como se reza, se cree. San Isidoro percibió además que la ley de la oración es asimismo la ley de la caridad, al menos de la caridad política: si rezamos unidos, permaneceremos unidos. En un mundo tan fragmentario no fue poca cosa, por ejemplo, que el día de la Pascua fuese el mismo para todos, o que se extendiese un único ritual de inmersiones para el bautismo, o que la música imperase en los templos limpia de toda contaminación profana. Hay una arquitectura sagrada isidoriana como hay oficios (el de Sábado Santo, nada menos) y antífonas que se le atribuyen o que él reconoce: "Cosas propias de mi pobre ingenio", proclamaba con humildad. Él definió la liturgia visigótica, signo de identidad nacional hasta que la sustituyó, a partir del siglo xi, el rito romano.
Cuatro centurias oraron los españoles, en cuanto españoles, bajo las normas que fijó en 633, tres años antes de su muerte, un provecto San Isidoro ya venerado por todos. Fue en el IV Concilio de Toledo, en el que se ha visto además un precedente de las Cortes medievales, y donde, con la primera unción de los reyes con el óleo santo, la monarquía hispánica se definió como institución al servicio de la Iglesia.
San Isidoro sustituyó a San Leandro en el asesoramiento y consejo a Recaredo, y lo continuó con su hijo Liuva. Combatió el empeño de restauración arriana de Witerico, apoyó el regreso de Gundemaro a la ortodoxia y vivió una gozosa complicidad con Sisebuto, su amigo, y con Suintila, en cuya magnanimidad y compasión con los más débiles veía las virtudes modélicas del gobernante cristiano. Pero frenó las apetencias de dominio de todos ellos, pues, aunque firme defensor de la alianza del trono y el altar, advirtió y combatió la invasión de prerrogativas civiles en materia eclesiástica, que se desbocó a su muerte.
De estirpe goda, San Isidoro había asumido la herencia autóctona, convirtiéndose en un entusiasta de la unidad nacional y creador de una cultura específica que sobrevivirá a la invasión islámica como catalizador y referente de la Reconquista. Sin él no se entienden ni don Pelayo en la obertura ni Isabel y Fernando en el aria final del primer acto de nuestra ópera verdiana. Ensalzado universalmente como sabio de la humanidad y doctor de la Iglesia, para España es, ante todo, un padre de la patria. ¿El padre de la patria, quizás?
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Loa a Hispania
1. ¡Oh España, madre sagrada y siempre feliz de príncipes y de pueblos! Eres la más hermosa de todas las tierras, habitadas y por habitar, desde Occidente hasta las Indias. Con todo derecho eres ahora la reina de todas las provincias, luminaria de la que se benefician tanto el Oriente como el Ocaso. Tú eres el encanto y el ornamento de todo el orbe, la parte más ilustre de la tierra, en la que se regocija sobremanera y florece espléndidamente la gloriosa fecundidad del pueblo godo.
2. Con gran indulgencia, aunque merecidamente, te enriqueció la naturaleza con notable abundancia de todo tipo de bienes. Eres rica en frutos, copiosa en uvas, alegre en cosechas; te vistes de mieses, los olivos te ofrecen sus sombras, y las vides te sirven como vestido. Tus campos están llenos de flores, tus montes te hacen frondosa, y tus costas abundan en peces. Estás situada en la zona más agradable del mundo; gracias a ello, ni te abrasa el ardor del sol tropical, ni te agarrota el rigor de los hielos glaciales, sino que abrazada por la zona más templada del cielo, te nutres de felices céfiros. Porque, efectivamente, tú haces posible la fecundidad de los campos, el precioso valor de las minas, y cuanto de hermoso tienen los seres vivientes. Y de ninguna manera tienen por qué minusvalorarte esos ríos a los que ennoblece la merecida fama de sus rebaños.
3. Superas a Alfeo en caballos y al Clitumno en reses, por más que el sagrado Alfeo pueda entrenar a sus veloces cuadrigas por las pistas para hacerse con las palmas olímpicas, y el Clitumno se dedicara en el pasado a ofrecer en sacrificio enormes novillos en el Capitolio. Gracias a tus abundantísimos pastos, no necesitas ambicionar los prados de Etruria, ni, rebosante de palmas, te admiras ante los bosques de Molorco; tampoco sientes envidia de los carros de Élide en la carrera de tus caballos. Tú eres feracísima gracias a tus caudalosos ríos, los torrentes que arrastran pepitas de oro te visten de color amarillo, posees la fuente que engendra la mejor caballería, y te pertenecen los vellones teñidos de púrpura que brillan igual o más que los colores de Tiro. En ti se encuentra la piedra preciosa que brilla en el sombrío interior de los montes y resplandece casi como el sol.
4. Además, eres rica en hijos, en piedras preciosas y en púrpura; por otra parte, a tu gran fecundidad deben su existencia numerosos talentos y gobernantes de imperios, eres opulenta para encumbrar príncipes y feliz a la hora de parirlos. Con razón te deseó desde siempre la áurea Roma, cabeza de los pueblos; y, aunque el romano terminara un día poseyéndote gracias a su Romúlea fortaleza, al final el floreciente pueblo godo, tras numerosas victorias por todo el orbe, te robó el corazón y te amó, y goza ahora de ti con segura felicidad entre la pompa regia y el esplendor del imperio.
martes, 5 de abril de 2011
David Gistau
La invención del genocidio
De tanto usarlas en vano, estamos vaciando de contenido algunas palabras trascendentales. Una de ellas es genoci-dio. Deberían salir los pájaros volando, sólo con que alguien la pronunciara en un parque. Pero pronto significará lo mismo que matanza, luego lo mismo que reyerta, y luego no significará nada: podrá describirse con ella los estragos provocados por un árbitro tarjetero.
El pasado martes, en el adocenado pleno sobre la guerra de Libia -que puede salir mal y dejar a unGadafi rencoroso porque la tuna de Farmacia tomaría Trípoli antes que los rebeldes-, algunos diputados aún pudorosos se contentaron con la palabra masacre, algo tibia para denunciar críme-nes en masa desde que se la atribuyeron en exclusiva a lo que Capone ordenó hacer en un garaje el día de San Valentín de 1929. Sin embargo, hubo otros, como el portavoz socialista Alonso, que, con tal de aplanar cualquier amago crítico contra la epifanía bélica de Zetapé, recurrieron a lo que evoca más horror de cuanto contiene el diccio-nario. Genocidio. En la memoria europea del siglo XX, la palabra genocidio remite a Auschwitz. Ni siquiera los Balcanes amena-zaron ese récord que, segúnWoody Allen, quedó ahí para ser batido por la condición humana. Pero no esta semana, y no en Libia. Genocidio nos conecta con las cáma-ras de gas, con los hornos crematorios, con los cadáveres desnudos en la pala de una excavadora. Miente quien nos diga que en Libia está sucediendo algo comparable a eso. Y miente por los mismos motivos por los que otros mintieron acerca de las armas de destrucción masiva: para poder arrastrar a la guerra a una opinión pública engañada para obtener provecho de su capacidad de compasión o de su capacidad de miedo. O de ambas. Por segunda vez en menos de una década, nos han mentido para meter-nos en una guerra a la que no estábamos obligados por una concepción universal de los derechos humanos: es sólo que compar-tíamos los intereses de uno de los bandos.
El empleo táctico de la palabra genocidio es un eufemismo a la inversa. Para un estudio sobre manipulación de masas, sería interesante diseccionar la sesión del martes. Porque los mismos oradores que instigaron a la guerra con exageraciones y mentiras, también usaron el eufemismo para lo que suele servir: suavizar significados demasiado duros. Por una parte -y esto se aprende en primero de Propaganda-, les convenía magnificar los rasgos criminales del enemigo, y por ello llamaron genocidio a un choque de tribus extranjeras. Por otra, había que simular las contradicciones morales de Zetapé, y por ello llamaron crisis a una guerra, y acción humanitaria a un bombardeo. Empequeñecer donde sobra, aumentar donde falta. Zetapé hace con el mundo lo que Hugh Hefner con las mujeres.
De tanto usarlas en vano, estamos vaciando de contenido algunas palabras trascendentales. Una de ellas es genoci-dio. Deberían salir los pájaros volando, sólo con que alguien la pronunciara en un parque. Pero pronto significará lo mismo que matanza, luego lo mismo que reyerta, y luego no significará nada: podrá describirse con ella los estragos provocados por un árbitro tarjetero.
El pasado martes, en el adocenado pleno sobre la guerra de Libia -que puede salir mal y dejar a unGadafi rencoroso porque la tuna de Farmacia tomaría Trípoli antes que los rebeldes-, algunos diputados aún pudorosos se contentaron con la palabra masacre, algo tibia para denunciar críme-nes en masa desde que se la atribuyeron en exclusiva a lo que Capone ordenó hacer en un garaje el día de San Valentín de 1929. Sin embargo, hubo otros, como el portavoz socialista Alonso, que, con tal de aplanar cualquier amago crítico contra la epifanía bélica de Zetapé, recurrieron a lo que evoca más horror de cuanto contiene el diccio-nario. Genocidio. En la memoria europea del siglo XX, la palabra genocidio remite a Auschwitz. Ni siquiera los Balcanes amena-zaron ese récord que, segúnWoody Allen, quedó ahí para ser batido por la condición humana. Pero no esta semana, y no en Libia. Genocidio nos conecta con las cáma-ras de gas, con los hornos crematorios, con los cadáveres desnudos en la pala de una excavadora. Miente quien nos diga que en Libia está sucediendo algo comparable a eso. Y miente por los mismos motivos por los que otros mintieron acerca de las armas de destrucción masiva: para poder arrastrar a la guerra a una opinión pública engañada para obtener provecho de su capacidad de compasión o de su capacidad de miedo. O de ambas. Por segunda vez en menos de una década, nos han mentido para meter-nos en una guerra a la que no estábamos obligados por una concepción universal de los derechos humanos: es sólo que compar-tíamos los intereses de uno de los bandos.
El empleo táctico de la palabra genocidio es un eufemismo a la inversa. Para un estudio sobre manipulación de masas, sería interesante diseccionar la sesión del martes. Porque los mismos oradores que instigaron a la guerra con exageraciones y mentiras, también usaron el eufemismo para lo que suele servir: suavizar significados demasiado duros. Por una parte -y esto se aprende en primero de Propaganda-, les convenía magnificar los rasgos criminales del enemigo, y por ello llamaron genocidio a un choque de tribus extranjeras. Por otra, había que simular las contradicciones morales de Zetapé, y por ello llamaron crisis a una guerra, y acción humanitaria a un bombardeo. Empequeñecer donde sobra, aumentar donde falta. Zetapé hace con el mundo lo que Hugh Hefner con las mujeres.
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