Hundimiento de la socialdemocracia: XXX Aniversario
El 12 de mayo de 1981, el gran titular de la portada de «Le Monde» rezaba: «La muy clara victoria de M François Mitterrand va más allá, de la unión de toda la izquierda y agrava las divisiones de la mayoría saliente». El director del periódico Jacques Fauvet, también en la página primera, firmaba un comentario, «El éxito y el porvenir», con esta frase: «Esta victoria es, en fin, la del respeto sobre el desdeño, la del realismo sobre la ilusión, la de la franqueza sobre el artificio; en resumen, la de una cierta moral». Se trataba del último éxito de un planteamiento socialdemócrata en el terreno económico. Francia experimentaba las consecuencias de la crisis derivada del choque petrolífero de los años setenta. En 1980, el PIB por habitante había crecido un escuálido 0,9%. El paro abundaba y Mitterrand, con un planteamiento ligado a lo que podríamos llamar socialismo keynesiano, había prometido aumentar el salario mínimo, mejorar las pensiones y las ayudas familiares, ampliar el número de funcionarios, subir los intereses del ahorro doméstico, mejorar las prestaciones a los parados y emprender una política de estatificaciones.
Las consecuencias aparecieron de inmediato. En el Sistema Monetario Europeo, nada más lograrse ese triunfo, el 11 de mayo de 1981 el franco bajó de 2,3670 a 2,4093 por cada marco alemán; y respecto a la libra esterlina, un 2,2% y en relación con el dólar un 2,4%. Pero, además, en su famoso comentario diario «Au jour le jour», Robert Escarpit, también en ese ejemplar de «Le Monde», recordaba que el 11 de mayo de 1936 se anunciaba que había triunfado el programa de Leon Blum quien, con el Frente Popular, llegaba al Gobierno francés. De lo sucedido entonces, queda memoria en el artículo de M. Kalecki, «The lesson of the Blum experiment», aparecido en «The Economic Journal», marzo 1938. Los economistas, y destacadamente Kalecki, ligado al famoso «circo de Cambridge» presidido por Keynes, comenzaban a observar que si se quería mantener el nivel de empleo no se podían impulsar al alza los salarios y los beneficios sociales, so pena de un inicio de inflación y de un hundimiento de la cotización de la moneda. Pero Blum lo ignoró y provocó un caos económico considerable.
El partido socialdemócrata volvía a incidir, con Mitterrand, en lo mismo, entre otras cosas porque, en el terreno socioeconómico, se había liquidado a Marx tras el revisionismo iniciado por Bernstein —muy influido por la Sociedad Fabiana británica— en sus artículos, publicados de 1896 a 1898 en «Die Neue Zeit», coronados por su carta a Bebel de 20 de octubre de 1898 y el libro «Evolutionary Socialism» en 1899. Sin apoyo intelectual serio alguno anduvo el socialismo hasta que, a partir de la «Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero» de Keynes, creyó haberlo encontrado. Pero, intervenciones como las de Blum y todo lo que casi a renglón seguido intentó la socialdemocracia tras la II Guerra Mundial, originaron el rechazo del propio Keynes, como nos ha relatado Hayek en su diálogo autobiográfico preparado por Stephen Kresge y Leif Wenan (Unión Editorial, 2010): Estos dos economistas se encontraban «sentados leyendo la prensa en la sala de profesores» del King's College de Cambridge. Hayek le mencionó cómo dos keynesianos como Robinson y Kahn apoyaban la política económica que llevaban a cabo los laboristas y que se ampliaba a la línea socialdemócrata europea: Keynes estalló: «No son más que unos tontos. Ya sabe, mis ideas eran importantes en los años treinta y no se discutía sobre la pertinencia de combatir la inflación, Pero puede creerme, Hayek, mis ideas han caído en el olvido. Voy a invertir la opinión pública» . Seis semanas más tarde había fallecido.
Mitterrand no se había enterado de nada, e intentó, hace treinta años, volver a poner en macha ese proyecto socialista keynesiano. Pero el 9 de marzo de 1982, Mitterrand, según el mismo libro de Attali tuvo que exclamar: «¿Por qué tal déficit presupuestario? ¿Por qué todo esto patina?» Y la crisis pasó a enseñorearse de Francia.
En aquel momento se señalaba que la socialdemocracia carecía de originales propuestas socioeconómicas. Al comentar el libro de Tony Judt, «Todo va mal», en su importante nota «Elegía por la socialdemocracia» aparecida en «Revista de Libros» en marzo 2011, señala el profesor Álvarez Junco cómo Judt considera que el mensaje socialdemócrata deriva a que «no basta con ofrecer más eficacia o más abundancia; hay que ofrecer valores, fines buenos y no pensar sólo en costes económicos, también en los sociales, culturales, medioambientales, estéticos». En suma, que no hay ya un programa serio de desarrollo económico. Quien desee saber cómo avanza económicamente un pueblo, debe desertar de los derivados de la socialdemocracia y de los del progresismo campamental.
¡CAMPEONES!!!!!!
lunes, 23 de mayo de 2011
José Mª Carrascal
El vuelco
Ha sido un referéndum, que ha perdido Zapatero. Lo proclamó él mismo en sus mítines al no pedir el voto para el o la candidata socialista. Lo pedía para el PSOE, único capaz de «detener a la derecha de la derecha europea». Pero resulta que los españoles han preferido a esa «derecha de la derecha europea» incluso en fortines socialistas. El 14 de abril de 1931, «España se acostó monárquica y se levantó republicana», según el entonces presidente de Gobierno, almirante Aznar (nada que ver con quien ocuparía el cargo 66 años después); esta vez, se acostó popular y se levantó popular. También aquéllas fueron unas elecciones municipales, aunque la izquierda triunfó sólo en las grandes ciudades, mientras en el resto se impuso la derecha. Ahora, la derecha se ha impuesto por doquier. Con otra importante diferencia: el Rey lo tomó como una derrota personal y dejó el trono para «no enfrentar a los españoles». Una actitud que Zapatero no parece dispuesto a adoptar.
Eso coloca al PP en condiciones de ensueño: con el poder municipal y regional, mientras el PSOE sigue desgastándose en el Gobierno. Tácticamente le conviene mantener esta situación hasta las próximas elecciones, a las que Zapatero y el PSOE llegarán hechos trizas. Lo malo es que también España llegará hecha trizas. No podemos permitirnos el lujo de seguir con un gobierno provisional que acumula error tras error, porque en marzo de 2012 estaremos donde están hoy Grecia, Irlanda y Portugal.
Se ha acabado el tiempo de hablar mucho y no hacer nada, de echar la culpa al adversario sin asumir las propias, de pensar sólo en las próximas elecciones e ignorar los verdaderos problemas del país. Aparte de que la calle no lo permitiría. Hasta ahora, la protesta se dirige contra los políticos, con buenas razones, pues han venido dedicándose a perpetuar sus privilegios en vez de a procurar el bien general. Pero si esa protesta pasa de los políticos a la política, y de la política a la democracia, cosa que puede ocurrir en un país de tan escasa experiencia democrática como el nuestro, nos habremos metidos en una vía de radicalismo y demagogia que nos alejará del camino europeo que habíamos emprendido. Justo lo que nos faltaba cuando ya nos estamos alejando económicamente. Y encima, con la sombra de Eta más amplia que nunca planeando sobre el País Vasco.
O se celebran de inmediato elecciones generales o los dos grandes partidos llegan a un pacto de Estado para afrontar los problemas pendientes. Lo que no podemos es seguir con gobierno y oposición echándose mutuamente las culpas mientras se instala una democracia de plaza pública. Las juntas ciudadanas y los consejos populares nunca han hecho una democracia. La democracia nace en las urnas, se hace en las instituciones y la garantiza la justicia. Pero aunque nos falta todavía bastante para llegar a ella, al menos las urnas han hablado con claridad. Sólo falta que las escuchemos.
Ha sido un referéndum, que ha perdido Zapatero. Lo proclamó él mismo en sus mítines al no pedir el voto para el o la candidata socialista. Lo pedía para el PSOE, único capaz de «detener a la derecha de la derecha europea». Pero resulta que los españoles han preferido a esa «derecha de la derecha europea» incluso en fortines socialistas. El 14 de abril de 1931, «España se acostó monárquica y se levantó republicana», según el entonces presidente de Gobierno, almirante Aznar (nada que ver con quien ocuparía el cargo 66 años después); esta vez, se acostó popular y se levantó popular. También aquéllas fueron unas elecciones municipales, aunque la izquierda triunfó sólo en las grandes ciudades, mientras en el resto se impuso la derecha. Ahora, la derecha se ha impuesto por doquier. Con otra importante diferencia: el Rey lo tomó como una derrota personal y dejó el trono para «no enfrentar a los españoles». Una actitud que Zapatero no parece dispuesto a adoptar.
Eso coloca al PP en condiciones de ensueño: con el poder municipal y regional, mientras el PSOE sigue desgastándose en el Gobierno. Tácticamente le conviene mantener esta situación hasta las próximas elecciones, a las que Zapatero y el PSOE llegarán hechos trizas. Lo malo es que también España llegará hecha trizas. No podemos permitirnos el lujo de seguir con un gobierno provisional que acumula error tras error, porque en marzo de 2012 estaremos donde están hoy Grecia, Irlanda y Portugal.
Se ha acabado el tiempo de hablar mucho y no hacer nada, de echar la culpa al adversario sin asumir las propias, de pensar sólo en las próximas elecciones e ignorar los verdaderos problemas del país. Aparte de que la calle no lo permitiría. Hasta ahora, la protesta se dirige contra los políticos, con buenas razones, pues han venido dedicándose a perpetuar sus privilegios en vez de a procurar el bien general. Pero si esa protesta pasa de los políticos a la política, y de la política a la democracia, cosa que puede ocurrir en un país de tan escasa experiencia democrática como el nuestro, nos habremos metidos en una vía de radicalismo y demagogia que nos alejará del camino europeo que habíamos emprendido. Justo lo que nos faltaba cuando ya nos estamos alejando económicamente. Y encima, con la sombra de Eta más amplia que nunca planeando sobre el País Vasco.
O se celebran de inmediato elecciones generales o los dos grandes partidos llegan a un pacto de Estado para afrontar los problemas pendientes. Lo que no podemos es seguir con gobierno y oposición echándose mutuamente las culpas mientras se instala una democracia de plaza pública. Las juntas ciudadanas y los consejos populares nunca han hecho una democracia. La democracia nace en las urnas, se hace en las instituciones y la garantiza la justicia. Pero aunque nos falta todavía bastante para llegar a ella, al menos las urnas han hablado con claridad. Sólo falta que las escuchemos.
Gabriel Albiac
La agonía
Zapatero es el cerebro de un adolescente, injertado sobre una ignorancia más allá de lo descriptible
«ASÍ es como acaba el mundo. No con un estallido, sino con un sollozo». T. S. Elliot da clave poética a lo que todo hombre sospecha: que sucede el fin de un mundo cada vez que un sistema de convenciones se desmorona, cada vez que eso a lo cual llamamos lo más evidente hace quiebra y aparece como grotesco tejido de convenciones tras del cual se parapeta un poder al cual no rozan jamás ni honradez ni inteligencia. El fin del mundo es siempre. Pero hay días en los cuales su simbólica emerge con la cegadora intensidad de lo insoportable.
Se acabó. El septenato necio terminó ayer. En la hecatombe electoral que hubiera debido consumarse hace tres años. La perpendicular da ahora sobre el vacío en el cual naufraga la máquina de acuñar votos que fue el Partido Socialista desde su reinvención en 1975 mediante aquella envidiable amalgama del dinero de la socialdemocracia alemana y del Departamento de Estado. Los inacabables años de corrupción y crímenes de Estado bajo González habían de mostrar hasta dónde puede llegar gente sin más objetivo político que el de enriquecerse deprisa y eternizarse en el Gobierno. Ocho años de normalidad gris bajo Aznar daban a pensar que, al fin, comenzábamos a sospechar lo que es la democracia: el aburrido sistema político en el quienes asesinan o roban en nombre del Estado van aburridamente a la cárcel. Luego, en el estupor que siguió al asesinato en masa del once de marzo de 2004, el poder cayó en manos de la gente más mortífera para un país civilizado: Zapatero es el cerebro de un adolescente no demasiado agudo, injertado sobre una ignorancia más allá de lo descriptible. Lo espantoso es que, tras la exhibición de eso a tumba abierta durante sus cuatro primeros años, el voto de 2008 volviera a darle en la urnas la presidencia, condenándonos ya irremisiblemente a la ruina en la cual hemos desembocado y que no hay manera de camuflar bajo retóricas de humanitarismo angelical, cantarín y faldicorto.
Lo de ayer tiene valor de referéndum. Nadie era tan estúpido como para fantasear que votaba a su particular alcalde o presidente autónomo. No es imaginable la unanimidad antisocialista del voto, si así fuera. Cada uno de los caciques locales que fueron desalojados de feudos considerados hasta hace muy poco tiempo inexpugnables, era una bofetada en el rostro de un presidente al cual el ciudadano medio ha constatado como el más funesto desde la democracia. No me apiadaré de esos caciques: son parte de un sistema de corrupción sistemática que ha alzado a los peores; y que ha despedazado cualquier fe del ciudadano decente en la políca.
Una última calderilla de vergüenza debiera bastar a quien no sea un simple ganapán a cargo de la hacienda pública para que constatase cómo todo se ha acabado, cómo prolongar esta agonía ocho meses más es un suicidio en toda regla, cómo hay que cerrar el ciclo, adelantar las elecciones generales, poner todo al servicio de una nueva administración que intente arreglar algo de lo destrozado. Una última calderilla de vergüenza. El drama es que nos las vemos con gente que carece de eso. Y así se nos acaba el mundo. Sin que el sollozo acabe en estallido.
Zapatero es el cerebro de un adolescente, injertado sobre una ignorancia más allá de lo descriptible
«ASÍ es como acaba el mundo. No con un estallido, sino con un sollozo». T. S. Elliot da clave poética a lo que todo hombre sospecha: que sucede el fin de un mundo cada vez que un sistema de convenciones se desmorona, cada vez que eso a lo cual llamamos lo más evidente hace quiebra y aparece como grotesco tejido de convenciones tras del cual se parapeta un poder al cual no rozan jamás ni honradez ni inteligencia. El fin del mundo es siempre. Pero hay días en los cuales su simbólica emerge con la cegadora intensidad de lo insoportable.
Se acabó. El septenato necio terminó ayer. En la hecatombe electoral que hubiera debido consumarse hace tres años. La perpendicular da ahora sobre el vacío en el cual naufraga la máquina de acuñar votos que fue el Partido Socialista desde su reinvención en 1975 mediante aquella envidiable amalgama del dinero de la socialdemocracia alemana y del Departamento de Estado. Los inacabables años de corrupción y crímenes de Estado bajo González habían de mostrar hasta dónde puede llegar gente sin más objetivo político que el de enriquecerse deprisa y eternizarse en el Gobierno. Ocho años de normalidad gris bajo Aznar daban a pensar que, al fin, comenzábamos a sospechar lo que es la democracia: el aburrido sistema político en el quienes asesinan o roban en nombre del Estado van aburridamente a la cárcel. Luego, en el estupor que siguió al asesinato en masa del once de marzo de 2004, el poder cayó en manos de la gente más mortífera para un país civilizado: Zapatero es el cerebro de un adolescente no demasiado agudo, injertado sobre una ignorancia más allá de lo descriptible. Lo espantoso es que, tras la exhibición de eso a tumba abierta durante sus cuatro primeros años, el voto de 2008 volviera a darle en la urnas la presidencia, condenándonos ya irremisiblemente a la ruina en la cual hemos desembocado y que no hay manera de camuflar bajo retóricas de humanitarismo angelical, cantarín y faldicorto.
Lo de ayer tiene valor de referéndum. Nadie era tan estúpido como para fantasear que votaba a su particular alcalde o presidente autónomo. No es imaginable la unanimidad antisocialista del voto, si así fuera. Cada uno de los caciques locales que fueron desalojados de feudos considerados hasta hace muy poco tiempo inexpugnables, era una bofetada en el rostro de un presidente al cual el ciudadano medio ha constatado como el más funesto desde la democracia. No me apiadaré de esos caciques: son parte de un sistema de corrupción sistemática que ha alzado a los peores; y que ha despedazado cualquier fe del ciudadano decente en la políca.
Una última calderilla de vergüenza debiera bastar a quien no sea un simple ganapán a cargo de la hacienda pública para que constatase cómo todo se ha acabado, cómo prolongar esta agonía ocho meses más es un suicidio en toda regla, cómo hay que cerrar el ciclo, adelantar las elecciones generales, poner todo al servicio de una nueva administración que intente arreglar algo de lo destrozado. Una última calderilla de vergüenza. El drama es que nos las vemos con gente que carece de eso. Y así se nos acaba el mundo. Sin que el sollozo acabe en estallido.
César Vidal
Libertad y prosperidad
El siglo XX constituyó una terrorífica sucesión de batallas libradas entre el socialismo y la causa de la libertad. El primero adoptó las más diversas y siniestras formas. Unas veces, fue internacionalista y se envolvió en la bandera roja; otras, fue nacionalista y llevó camisa negra, parda o azul. Sin embargo, en todos los casos sólo trajo violencia, miseria y supresión de libertad. En las últimas horas previas al final de la campaña electoral, Falange se sumó a los ocupantes de la Puerta del Sol. Es coherente porque el socialismo azul comparte buena parte de la cosmovisión económica del socialismo rojo y como él provocó la desgracia de millones de personas. En 1959, a dos décadas del final de la guerra civil, España se moría de hambre y estaba al borde de la quiebra fundamentalmente porque la ortodoxia económica oficial era la de la Falange de gente como Girón que no tenía la menor idea de economía, que rezumaba voluntarismo y que insistía en avanzar más todavía en la misma dirección con la que llevaba aplastando económicamente España desde hacía veinte años.
En 2011, España ha vuelto a entrar en el Top Ten de las naciones al borde de la quiebra simplemente porque llevamos siete años de política socialista salpimentada de alianzas con los nacionalistas. En 1959, España pudo salir adelante y comenzar el espectacular desarrollo de los años sesenta simplemente porque Franco decidió ser pragmático y aceptar una profunda liberalización económica pautada por el FMI y diseñada por los tecnócratas del Opus. En 2011, España sólo podrá salir adelante si liberaliza a fondo su economía y se libra como de la peor plaga de las aciagas recetas socialistas que nos han llevado, entre otras maravillas, a tener más de cinco millones de desempleados y un cuarenta por ciento de paro juvenil. Por supuesto, puestos a ocupar un espacio público, falangistas y antisistema, anarquistas y comunistas, socialistas y bilduistas –¡qué apoyo más revelador el de Bildu a estas ocupaciones!– pueden clamar contra el capitalismo, el liberalismo y el simple sentido común, pero es un hecho objetivo y repetido hasta la saciedad que sus recetas son las que siempre traen demagogia, pobreza y castas empeñadas en decir a los demás hasta cómo miccionar. Históricamente, la pobreza tiene su mayor enemigo en la libertad.
Se trata de la libertad de elegir y de contratar como quieren las partes y no como se le antoja a los liberados sindicales; la libertad para gastar el dinero como nos place y no como desean los burócratas; la libertad que deriva de esa propiedad privada que tanto molesta a los estatalistas; la libertad que viene de poder disfrutar unos ahorros no devorados por los impuestos o la inflación; la libertad de una educación escogida de acuerdo con la propia conciencia y no como se le pone en las insignias al comisario político de turno; la libertad para abrir empresas sin temor a que la quiebre la agencia tributaria, los ayuntamientos o las CCAA; la libertad para ir a una iglesia o no ir a ninguna; o la libertad incluso para acudir a los toros, fumar o hacerse vegetariano según nos apetezca. No lo entienden y no quieren entenderlo empeñados en que cuanto más recorten la libertad mejor nos irá. Se equivocan trágicamente. Sin libertad, no existe la menor posibilidad de prosperidad.
El siglo XX constituyó una terrorífica sucesión de batallas libradas entre el socialismo y la causa de la libertad. El primero adoptó las más diversas y siniestras formas. Unas veces, fue internacionalista y se envolvió en la bandera roja; otras, fue nacionalista y llevó camisa negra, parda o azul. Sin embargo, en todos los casos sólo trajo violencia, miseria y supresión de libertad. En las últimas horas previas al final de la campaña electoral, Falange se sumó a los ocupantes de la Puerta del Sol. Es coherente porque el socialismo azul comparte buena parte de la cosmovisión económica del socialismo rojo y como él provocó la desgracia de millones de personas. En 1959, a dos décadas del final de la guerra civil, España se moría de hambre y estaba al borde de la quiebra fundamentalmente porque la ortodoxia económica oficial era la de la Falange de gente como Girón que no tenía la menor idea de economía, que rezumaba voluntarismo y que insistía en avanzar más todavía en la misma dirección con la que llevaba aplastando económicamente España desde hacía veinte años.
En 2011, España ha vuelto a entrar en el Top Ten de las naciones al borde de la quiebra simplemente porque llevamos siete años de política socialista salpimentada de alianzas con los nacionalistas. En 1959, España pudo salir adelante y comenzar el espectacular desarrollo de los años sesenta simplemente porque Franco decidió ser pragmático y aceptar una profunda liberalización económica pautada por el FMI y diseñada por los tecnócratas del Opus. En 2011, España sólo podrá salir adelante si liberaliza a fondo su economía y se libra como de la peor plaga de las aciagas recetas socialistas que nos han llevado, entre otras maravillas, a tener más de cinco millones de desempleados y un cuarenta por ciento de paro juvenil. Por supuesto, puestos a ocupar un espacio público, falangistas y antisistema, anarquistas y comunistas, socialistas y bilduistas –¡qué apoyo más revelador el de Bildu a estas ocupaciones!– pueden clamar contra el capitalismo, el liberalismo y el simple sentido común, pero es un hecho objetivo y repetido hasta la saciedad que sus recetas son las que siempre traen demagogia, pobreza y castas empeñadas en decir a los demás hasta cómo miccionar. Históricamente, la pobreza tiene su mayor enemigo en la libertad.
Se trata de la libertad de elegir y de contratar como quieren las partes y no como se le antoja a los liberados sindicales; la libertad para gastar el dinero como nos place y no como desean los burócratas; la libertad que deriva de esa propiedad privada que tanto molesta a los estatalistas; la libertad que viene de poder disfrutar unos ahorros no devorados por los impuestos o la inflación; la libertad de una educación escogida de acuerdo con la propia conciencia y no como se le pone en las insignias al comisario político de turno; la libertad para abrir empresas sin temor a que la quiebre la agencia tributaria, los ayuntamientos o las CCAA; la libertad para ir a una iglesia o no ir a ninguna; o la libertad incluso para acudir a los toros, fumar o hacerse vegetariano según nos apetezca. No lo entienden y no quieren entenderlo empeñados en que cuanto más recorten la libertad mejor nos irá. Se equivocan trágicamente. Sin libertad, no existe la menor posibilidad de prosperidad.
David Gistau
Los domingos vacíos
No me enchufé a la jornada del sábado, pues el Sporting estaba salvado desde antes y en la cuerda de galeotes a Segunda no tenía a nadie por quien sufrir. Ni siquiera me sorprendió el descenso de un campeón de Liga que antaño logró ingresar en la aristocracia nacional. Hacía tiempo que el Depor había traicionado su adolescencia prometedora, de irreductible galo vestido como Obélix, para volverse anodino en una madurez de provincias. Como si Rimbaud hubiera opositado a bibliotecario poco después de romper letras. Ya no era un equipo personaje, aunque es obvio que todo esto no importa nada a una hinchada destrozada que deberá convocar noches crimeanas para recordar el tiempo en que fueron héroes y dejaron muesca hasta en San Siro.
En cuanto al Real Madrid, Cristiano tiene su pichichi y su récord. Y, después de la subordinación de toda la plantilla a ese objetivo personal, estamos dispuestos incluso a trucarle un espejito mágico que le diga cada 10 minutos que no hay ningún otro mejor jugador del mundo sino él, ni siquiera Messi, quien además no luce bien los calzoncillos en las vallas publicitarias, salvo que sean diseños para hobbits. Esto no lo pienso yo, se lo digo a Cristiano para que aquiete la fiera de su ego, que está royendo dos huesos de goma -el pichichi y el récord-, y nos conceda al menos una temporada más antes de trasladarse a un equipo que esté a la altura de su mitología no resuelta.
Creo que el miedo a que Cristiano deserte es un reflejo condicionado por la reciente tradición madridista de autodestrucción anual. La institución ha terminado muchas de las últimas temporadas colgando del palo mayor lo mismo a entrenadores a los que no se concedió tiempo que principios innegociables que lo eran sólo hasta el siguiente antojo del presidente. El Barsa maduraba, se maceraba en una intención. Y el Madrí se improvisaba a sí mismo cada mes de julio, a veces refutando después de pocos meses todo cuanto se había propuesto ser. Lo milagroso es que haya permanecido en puestos altos, existiendo entre confusiones conceptuales y repentismos autocráticos como los de la reina de Alicia: «¡Que le corten la cabeza!». Por eso, aun con todas las reticencias al técnico y al chulo de chiringuito, celebro la continuidad de 'Mou'. Porque son preferibles los partidos de sílex a no saber si la próxima temporada seremos gavilán o paloma, y tener que volver a empezar. Termino la Liga con la esperanza de que también el Real Madrid esté completando un proceso de maduración, a pesar de la volatilidad ambiental, de los extravíos en los aledaños de la bronca y las conspiraciones. Y de que esa maceración surja un equipo con suficiente confianza y personalidad para jugar siempre como lo hace contra los rivales menores y en los minutos de la basura de la temporada. Y no como lo hizo en los partidos determinantes contra el Barcelona. En definitiva, que cabe pedirle a Mou que no encanalle el ambiente ni arrastre al público a un síndrome de la almena, que no urda intrigas evasivas con las que eludir la aceptación de la derrota, y que nunca más vuelva a vulgarizar entre cálculos tácticos a un equipo con potencial para cincelarse su propia columna trajana. Pido aquello a lo que fui acostumbrado: que el Madrí no convierta el planteamiento de un partido en una confesión de inferioridad. Pido esa grandeza que hace innecesaria la invención de un relato identitario. Y fingiré que no me he enterado de que se ha fichado a un cierto Altintop para pedirlo unas semanitas más.
Al parecer falta por jugarse no sé qué final ajena. Pero para nosotros comienzan esos meses sin fútbol en los que el domingo es un actor que se quedó sin su única frase.
No me enchufé a la jornada del sábado, pues el Sporting estaba salvado desde antes y en la cuerda de galeotes a Segunda no tenía a nadie por quien sufrir. Ni siquiera me sorprendió el descenso de un campeón de Liga que antaño logró ingresar en la aristocracia nacional. Hacía tiempo que el Depor había traicionado su adolescencia prometedora, de irreductible galo vestido como Obélix, para volverse anodino en una madurez de provincias. Como si Rimbaud hubiera opositado a bibliotecario poco después de romper letras. Ya no era un equipo personaje, aunque es obvio que todo esto no importa nada a una hinchada destrozada que deberá convocar noches crimeanas para recordar el tiempo en que fueron héroes y dejaron muesca hasta en San Siro.
En cuanto al Real Madrid, Cristiano tiene su pichichi y su récord. Y, después de la subordinación de toda la plantilla a ese objetivo personal, estamos dispuestos incluso a trucarle un espejito mágico que le diga cada 10 minutos que no hay ningún otro mejor jugador del mundo sino él, ni siquiera Messi, quien además no luce bien los calzoncillos en las vallas publicitarias, salvo que sean diseños para hobbits. Esto no lo pienso yo, se lo digo a Cristiano para que aquiete la fiera de su ego, que está royendo dos huesos de goma -el pichichi y el récord-, y nos conceda al menos una temporada más antes de trasladarse a un equipo que esté a la altura de su mitología no resuelta.
Creo que el miedo a que Cristiano deserte es un reflejo condicionado por la reciente tradición madridista de autodestrucción anual. La institución ha terminado muchas de las últimas temporadas colgando del palo mayor lo mismo a entrenadores a los que no se concedió tiempo que principios innegociables que lo eran sólo hasta el siguiente antojo del presidente. El Barsa maduraba, se maceraba en una intención. Y el Madrí se improvisaba a sí mismo cada mes de julio, a veces refutando después de pocos meses todo cuanto se había propuesto ser. Lo milagroso es que haya permanecido en puestos altos, existiendo entre confusiones conceptuales y repentismos autocráticos como los de la reina de Alicia: «¡Que le corten la cabeza!». Por eso, aun con todas las reticencias al técnico y al chulo de chiringuito, celebro la continuidad de 'Mou'. Porque son preferibles los partidos de sílex a no saber si la próxima temporada seremos gavilán o paloma, y tener que volver a empezar. Termino la Liga con la esperanza de que también el Real Madrid esté completando un proceso de maduración, a pesar de la volatilidad ambiental, de los extravíos en los aledaños de la bronca y las conspiraciones. Y de que esa maceración surja un equipo con suficiente confianza y personalidad para jugar siempre como lo hace contra los rivales menores y en los minutos de la basura de la temporada. Y no como lo hizo en los partidos determinantes contra el Barcelona. En definitiva, que cabe pedirle a Mou que no encanalle el ambiente ni arrastre al público a un síndrome de la almena, que no urda intrigas evasivas con las que eludir la aceptación de la derrota, y que nunca más vuelva a vulgarizar entre cálculos tácticos a un equipo con potencial para cincelarse su propia columna trajana. Pido aquello a lo que fui acostumbrado: que el Madrí no convierta el planteamiento de un partido en una confesión de inferioridad. Pido esa grandeza que hace innecesaria la invención de un relato identitario. Y fingiré que no me he enterado de que se ha fichado a un cierto Altintop para pedirlo unas semanitas más.
Al parecer falta por jugarse no sé qué final ajena. Pero para nosotros comienzan esos meses sin fútbol en los que el domingo es un actor que se quedó sin su única frase.
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