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domingo, 31 de mayo de 2009

Pio Moa - Adversarios de España en el siglo XVI - Último

Adversarios de España, siglo XVI (y V)

Durante los siglos anteriores, España, concentrada en resolver sus problemas, solo había participado tangencialmente en los conflictos de Europa occidental, pero esa situación, en buena medida envidiable, cambió por completo durante el siglo XVI. De pronto el país iba a verse metido de lleno en el torbellino europeo y mediterráneo, debido a la involucración de la corona en Italia y, sobre todo, en los asuntos del Sacro Imperio. La asociación con el Imperio no fue bien acogida, y la partida de Carlos I para convertirse en emperador con el nombre de Carlos V, despertó un fuerte descontento. Las Cortes de Valencia hicieron saber al regente Adriano de Utrecht que consideraban la corona imperial “un perjuicio para España” causado por una “ambición inflada”, un “viento fatuo”, e hicieron este voto: “Pluguiera al cielo que esta quimera [del Imperio] hubiera caído sobre el francés [Francisco I]”. Pese a que el poder imperial era reducido y difícil, el prestigio del título parecía hechizar a los monarcas de las naciones del oeste europeo. Los comuneros, por confusa y particularista que fuera su revuelta, tenían muy clara su posición en este punto. Quizá hubiese recuerdo de cómo la misma afición por parte de Alfonso X el Sabio había traído ruina al país y finalmente al propio rey, aparte de que España había nacido marcando claramente su independencia del imperio de Carlomagno y de cualquier otro ultramontano.

La gente percibía que por esa vía el país iba a contraer cargas y conflictos difíciles de soportar, si bien terminó por aceptarlas, sin entusiasmo, pero con denuedo. Porque era inevitable la pugna con Francia, los protestantes, los turcos e Inglaterra, fuera por razones religiosas, geopolíticas o por las posesiones y rutas de América. La simple posición geoestratégica española, cerrando el Mediterráneo por el oeste, apuntando a América y a África, comprometía necesariamente al país en una situación histórica nueva. Y aunque su implicación en el centro de Europa era vista con desagrado, a cambio el país ganaba la alianza del Imperio contra Francia y la Sublime Puerta.

Como se vería, España se las entendió ventajosamente, durante largo tiempo, con Francia, con los turcos y las potencias protestantes; pero combatir en tantos frentes acabaría por agotar a un país que había empezado a protagonizar con grandes energías la Edad de Expansión. Sus triunfos durante largo tiempo son bastante sorprendentes porque, como hemos visto, España no era en absoluto una gran potencia demográfica, resultaba casi insignificante al lado de sus adversarios y no compensaba esa inferioridad con superioridad económica: era un país bastante rico, con una economía agrícola, ganadera, comercial y manufacturera equilibrada, pero Francia o Inglaterra eran más ricas, no digamos el norte de Italia, Flandes-Países bajos y el norte de Alemania, las regiones realmente opulentas de Europa; las riquezas de América nunca compensarían ese desfase, y el esfuerzo de las contiendas terminaría por romper el equilibrio económico. Comparada con sus potentes enemigos, que además actuaban a menudo concertados, España resultaba casi ofensivamente débil, sin que la alianza con el Imperio lo contrapesara. Lo lógico habría sido que el país obrase como un satélite del Imperio, y parece imposible el hecho de que tuviera el papel principal, luchando en cuatro o más frentes sucesiva o simultáneamente: Italia, Alemania, Países Bajos, el Mediterráneo y el Atlántico para proteger las rutas de comunicación.

Sin embargo el país tenía otras ventajas: era un país bastante culto, con más escuelas latinas y universidades proporcionalmente que ningún otro europeo, con un estado modernizado, una monarquía autoritaria aunque no tanto como otras, una burocracia amplia y preparada, una cohesión social obtenida de la reforma religiosa y de la Inquisición que, con toda su intolerancia (nadie era tolerante en Europa) impidió la extensión a España de las llamadas guerras de religión, que asolarían por largo tiempo el continente. Además había diseñado un tipo de ejército pequeño pero superior a todos los demás por su disciplina, organización, tácticas y espíritu de combate. Estas ventajas, en particular la enseñanza, tendrían no obstante su talón de Aquiles, como empezaría a verse ya hacia el final del siglo.

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