El periodismo como humanismo
Eso que hoy suele llamar «marca» en la jerigonza estéril de la mercadotecnia es lo que antaño -sin tantas ínfulas contables y con bastante menos cuento- se conocía como el «alma» de una empresa. Habrá muchos que piensen que tal distingo es baladí; que lo mismo da Juana que su hermana; que lo que importa son las cifras, no las letras; que los entresijos mandan y no las entretelas. Razones no les faltan, lamentablemente. En los tiempos que corren sólo lo que se arrastra medra. La dictadura de la vulgaridad se ha alzado (a mano desalmada, por supuesto) contra cualquier valor que se resista a convertirse en precio. Contra cualquiera que no cotice en el mercado -cada vez más continuo- de la ramplonería intrascendente. Pero no siempre es así y las escasas excepciones compensan, o atenúan, el rigor de la regla. Don Guillermo Luca de Tena, alma y señor del ABC, es una de ellas. Es y no fue, aunque se nos haya muerto, porque de él aprendimos que el futuro se conjuga en presente y en pretérito.
Cuando desaparece un hombre de los que dejan huella, de los que «marcan» -ahora sí- el rumbo de una época, es natural que el luto recale en lo solemne, en lo que se formula más allá del «yo-yo» a salto de mata, la quincalla anecdótica y los recordatorios de recuelo. ¿Acaso expresaremos mejor que Charles Péguy la hondura de la ausencia? «Somos los últimos de un mundo que se extingue mientras otro alborea: el titirimundi los que en nada creen y se vanaglorian de ello». ¿Los últimos? Peor aún, «los póstumos», se lamenta el poeta. Aunque no fuera un devoto de Péguy, también Luca de Tena, don Guillermo, creía firmemente en que el descreimiento es el cadalso de la libertad y la mazmorra de los crédulos. En cuanto al lirismo de su empeño, baste con señalar que hizo honor al precepto que el bueno de Jules Renard formulase en sus cuadernos: «Se puede ser poeta y pagar el alquiler». Nunca, decencia obliga, se dejó en el camino un verso suelto.
El periodismo en España se transformó en un humanismo en el día en el que don Torcuato, El Fundador, insufló arte mayor en las zahúrdas del cerrilismo agreste y de la picaresca al menudeo. Luego de más de un siglo, don Guillermo, su nieto, ha entregado el testigo sin adulteraciones y sin mermas. «Estamos donde estábamos»: la lealtad bien entendida es, en primer lugar, un ejercicio de estricta coherencia. Las empresas con «alma» exigen a sus dueños que se las merezcan y que, si los pertrechos menguan, por alma que no quede. A Guillermo Luca de Tena, don Guillermo, alma y señor del ABC en años de bonanza y lustros de galerna, le acompañaba un don de los que no apean. Una mezcla de instinto y determinación, de arrojo y de prudencia, que Paul Eluard sintetizó en un volatín soberbio: «Le dur désir de durer», el duro deseo de durar, la voluntad de arraigo y la vocación de permanencia.
Don Guillermo ha ampliado la historia de un país que está empecinado en empequeñecerse. Ha reducido rencores enquistados, le ha cerrado el paso al fanatismo y a la intransigencia. Ha recordado que olvidar el horror es la salvaguardia de los horrores venideros. Ha alentado el diálogo, ha promovido la concordia, ha dado voz al talento. Ha sido un gigante a hombros de gigantes. El alma y la materia.
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