¡CAMPEONES!!!!!!

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lunes, 23 de mayo de 2011

David Gistau

Los domingos vacíos

No me enchufé a la jornada del sábado, pues el Sporting estaba salvado desde antes y en la cuerda de galeotes a Segunda no tenía a nadie por quien sufrir. Ni siquiera me sorprendió el descenso de un campeón de Liga que antaño logró ingresar en la aristocracia nacional. Hacía tiempo que el Depor había traicionado su adolescencia prometedora, de irreductible galo vestido como Obélix, para volverse anodino en una madurez de provincias. Como si Rimbaud hubiera opositado a bibliotecario poco después de romper letras. Ya no era un equipo personaje, aunque es obvio que todo esto no importa nada a una hinchada destrozada que deberá convocar noches crimeanas para recordar el tiempo en que fueron héroes y dejaron muesca hasta en San Siro.

En cuanto al Real Madrid, Cristiano tiene su pichichi y su récord. Y, después de la subordinación de toda la plantilla a ese objetivo personal, estamos dispuestos incluso a trucarle un espejito mágico que le diga cada 10 minutos que no hay ningún otro mejor jugador del mundo sino él, ni siquiera Messi, quien además no luce bien los calzoncillos en las vallas publicitarias, salvo que sean diseños para hobbits. Esto no lo pienso yo, se lo digo a Cristiano para que aquiete la fiera de su ego, que está royendo dos huesos de goma -el pichichi y el récord-, y nos conceda al menos una temporada más antes de trasladarse a un equipo que esté a la altura de su mitología no resuelta.

Creo que el miedo a que Cristiano deserte es un reflejo condicionado por la reciente tradición madridista de autodestrucción anual. La institución ha terminado muchas de las últimas temporadas colgando del palo mayor lo mismo a entrenadores a los que no se concedió tiempo que principios innegociables que lo eran sólo hasta el siguiente antojo del presidente. El Barsa maduraba, se maceraba en una intención. Y el Madrí se improvisaba a sí mismo cada mes de julio, a veces refutando después de pocos meses todo cuanto se había propuesto ser. Lo milagroso es que haya permanecido en puestos altos, existiendo entre confusiones conceptuales y repentismos autocráticos como los de la reina de Alicia: «¡Que le corten la cabeza!». Por eso, aun con todas las reticencias al técnico y al chulo de chiringuito, celebro la continuidad de 'Mou'. Porque son preferibles los partidos de sílex a no saber si la próxima temporada seremos gavilán o paloma, y tener que volver a empezar. Termino la Liga con la esperanza de que también el Real Madrid esté completando un proceso de maduración, a pesar de la volatilidad ambiental, de los extravíos en los aledaños de la bronca y las conspiraciones. Y de que esa maceración surja un equipo con suficiente confianza y personalidad para jugar siempre como lo hace contra los rivales menores y en los minutos de la basura de la temporada. Y no como lo hizo en los partidos determinantes contra el Barcelona. En definitiva, que cabe pedirle a Mou que no encanalle el ambiente ni arrastre al público a un síndrome de la almena, que no urda intrigas evasivas con las que eludir la aceptación de la derrota, y que nunca más vuelva a vulgarizar entre cálculos tácticos a un equipo con potencial para cincelarse su propia columna trajana. Pido aquello a lo que fui acostumbrado: que el Madrí no convierta el planteamiento de un partido en una confesión de inferioridad. Pido esa grandeza que hace innecesaria la invención de un relato identitario. Y fingiré que no me he enterado de que se ha fichado a un cierto Altintop para pedirlo unas semanitas más.

Al parecer falta por jugarse no sé qué final ajena. Pero para nosotros comienzan esos meses sin fútbol en los que el domingo es un actor que se quedó sin su única frase.

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