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miércoles, 7 de abril de 2010

Federico Jimenez losantos

COMENTARIOS LIBERALES

Don Tancredo murió en el ruedo

Bergamín, tan horrendo político como peligroso aficionado a los toros -se inventó o reinventó a Rafael de Paula y lo echó a perder- tiene brillantes páginas dedicadas a la Fiesta, arte de birlibirloque que su péñola paseaba por los aledaños de la plaza o se perdía en lecturas barrocas del desengaño, sin centrarse en el drama majestuoso y clásico del toreo, único rito en que el sacerdote viene a matar pero puede salir muerto. Y entre las birlibirloquerías de Bergamín, la que más me gusta es la dedicada a Don Tancredo, personaje real pero que en el habla popular es hoy sinónimo de pánfilo, pasmarote o marmolillo. En la política, Rajoy.

Parece increíble que le haya podido pillar por sorpresa el toro de Gürtel, que estaba más visto que Islero, pero por los síntomas de estupor en Génova 13 tras el destape del trinque de Bárcenas, es lo que ha sucedido. Y no será porque EL MUNDO no publicase en su día datos y más datos, indicios y más indicios de enriquecimiento ilícito o inexplicable: de nada le ha servido a Mariano. Tampoco será porque no avisara el propio PSOE con sus continuas alusiones a la supuesta financiación ilegal del PP, que en la media lengua 'pajinopepiña' equivalía a nombrar al tesorero. Ni porque, tras el caso Matas, no resultase escandaloso que Bárcenas siguiera en el Senado con el aforamiento consiguiente, además de mantenerle el despacho abierto en Génova 13, justo debajo del de Rajoy. Y no voy a hablar de otras generosidades como el sueldo que el partido le puso a Matas cuando ya cobraba del sector privado o que le ha puesto a Sepúlveda, ex marido de Ana Mato, presentadora del código ético del PP y caso gravísimo de presbicia, porque no ver un Jaguar en un garaje acredita miopía total. Que se sienta aliviada por el detalle 'gurtelino' de pagar la comunión de los niños, es comprensible. Que ella misma nos predique ética fiada o al contado parece excesivo.

Por supuesto, la responsabilidad de tanto templar gaitas con la corrupción es de Rajoy. Pero como recuerda Bergamín, no se debe olvidar la muerte de Don Tancredo en la plaza. Estaba, como siempre, pintado de blanco, encima de un pedestal en el centro del ruedo, como una estatua. Su inmovilidad pétrea intrigaba al toro que, tras mucho mirarlo, lo daba por mármol y lo dejaba en paz. Hasta que un día salió un burriciego y sin mirar si era hombre o fuente, le pegó una cornada que lo mató.

Moraleja diáfana.

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