TIEMPO RECOBRADO
Verdad de la magia, mentira de lo real
Cuando era niño, mi madre me llevó a ver al gran mago Fassman, que actuaba en el teatro Cinema de Miranda. Vestía un frac negro y era un hombre delgado, de mirada penetrante, con un vago parecido a Bela Lugosi. En el cartel que anunciaba el espectáculo, se veía su rostro sobre una bola de cristal que brillaba en la oscuridad. Salí profundamente impresionado de su exhibición. Recuerdo cómo hipnotizaba a los espectadores con tremenda facilidad y les despertaba sin que ellos se acordaran de nada. Era capaz de adivinar el pensamiento, de memorizar números enormes, de localizar cualquier objeto en la sala.
Estoy seguro que nadie de quienes asistieron aquella noche a la actuación de Fassman pensó que era una superchería. Y yo mismo estoy tentado a pensar hoy que este mago tenía un don mental que le permitía subyugar a las multitudes. Era alguien que gozaba de unas cualidades excepcionales, como el protagonista de la película El ilusionista, un vidente llamado Eisenheim, que vuelve locas a las masas en la Viena imperial de Francisco José.
La figura de Eisenheim está basada en Eric Hanussen, el adivino favorito de Hitler y su círculo, que profetizó el incendio del Reichstag. Poco después, apareció destrozado y muerto en un bosque de Berlín.
Los magos se llevan a la tumba sus secretos, que a veces son el resultado de complejos mecanismos mecánicos y ópticos que hacen pasar por real lo que no es más que una mera ficción. Ilusionistas como David Copperfield, que hizo desaparecer la Estatua de la Libertad mediante un complicado juego de espejos, son maestros en este arte del trompe l'oeil.
Un buen mago intenta siempre superarse a sí mismo e ir más lejos que los demás. Es como un acróbata que introduce nuevos elementos de riesgo en el salto hasta jugarse la vida. Los ilusionistas de verdad nunca decepcionan porque prefieren vender su alma al diablo antes que caer en la vulgaridad.
La magia es verdadera en su mentira, mientras que la realidad es engañosa en su verdad. No hay más que ver el hipócrita espectáculo de estos días, en los que PSOE y PP se cruzan acusaciones de corrupción, negándose a asumir la propia. Eso sí que es pura representación, puro ilusionismo vacío de contenido.
La magia es tan sorprendente e imprevisible como la vida. Por eso tiene tanta aceptación. Necesitamos ilusión. Yo diría incluso que necesitamos políticos que sientan la magia y nos transmitan un poco de pasión que encienda nuestros aburridos corazones.
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