¡CAMPEONES!!!!!!

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viernes, 9 de abril de 2010

Joaquín Marco

Política y corrupción

Existe, por fortuna, una vocación política en el seno de las sociedades más o menos civilizadas, como existe también gente solidaria y altruista. Es una obviedad reconocerlo así, como algunas de las reflexiones que seguirán, pero, no por serlo, dejan de olvidarse. No es hacia la política a la que el ciudadano medio manifiesta reparos, sino contra quienes la ejercen y se aprovechan de ella maliciosamente o de los dineros públicos. Porque no toda la función política consiste en administración, aunque lo parezca tan a menudo y, cuando supuestas acciones o delitos se reiteran, la desconfianza general se consolida. Aludir a la llamada «clase política» (una aberración en cuanto a la denominación misma) equivale entonces a mentar la bicha. Puede utilizarse, incluso, el siguiente y falso silogismo: el poder corrompe, los políticos representan el poder; en consecuencia, son la corrupción. La punta más visible de este iceberg es la económica, pero no la única. No todas las políticas son buenas por naturaleza. Tampoco podemos equiparar unos políticos a otros. El poder –contrapesado en democracia por la oposición– puede orientar en dirección errónea una economía, una política internacional o unos servicios públicos. No hace tantos años que se crearon en algunas universidades facultades de Ciencias Políticas. Bien es verdad que la política acaba envolviéndolo todo, pero entenderla como una ciencia parece descabellado. No puede existir, porque ésta es una opción fundada en dispares opciones ideológicas. Mal andaríamos si supusiéramos la opción política como verdad indiscutible. Esto se calificó de totalitarismo. Otra cosa es que no pueda explicarse la historia sin justificar quiénes ejercen el poder, por qué medios lo obtuvieron y a quiénes representan. Pero cabría entenderlo como una sociología de la política.

Un partido tampoco es un todo unitario y las ideas de sus militantes pueden cubrir un abanico más o menos amplio de opiniones. Pero el político como individuo debe sentirse antes llamado por una vocación de servicio a la comunidad. No hay buen médico, ni profesor, ni buen albañil siquiera, sin vocación. Corromperse utilizando el dinero público para el enriquecimiento personal o para otros fines ilegales es ya delito. Tampoco debe pensarse que se va a la política por afán de enriquecimiento, aunque se atribuya esta afirmación a alguno que ya no está aparentemente en activo. Tales delitos resultan más graves, como lo es el pecado del sacerdote, ya que éste constituye un espejo en el que se contemplan sus creyentes. El escándalo de las corrupciones debe entenderse grave, porque quienes se dejan corromper han sido elegidos para trazar la ruta que ha de seguir aquella sociedad que les alienta en sus votos y su confianza, en el caso de que se viva en democracia. Pero conviene no caer tampoco en idealismos e ingenuidades. Países vecinos, de sólidas convicciones, han sido malos ejemplos que tal vez en los albores de la restauración democrática podían desorientar. Me temo, sin embargo, que los escándalos que se prodigan en los medios y se hallan en los juzgados vienen de más lejos. El anterior régimen se mantuvo y duró hasta la muerte natural del Caudillo sin que apenas afloraran, amordazados, escándalos como los que ahora venimos observando. Bolsas sociales entendieron que la impunidad de los políticos resultaba algo natural. Porque no hay corrupción posible en una sociedad que se autorregula. Nuestra cifra de paro es tan abrumadora que hace pensar que una parte, por lo menos, sobrevive merced a la economía sumergida; que la hay. Los malabarismos fiscales que permiten declaraciones de renta inocuas las realizan los que pueden, que serán los menos, aunque se desvele de vez en cuando –y no sin sorpresa– que Hacienda tampoco éramos todos. Con el IVA y sin el IVA, la clase media, profesionales y comerciantes defraudan lo que buenamente se puede. Y las grandes sociedades, aquellas que nos empujaron a la gran crisis que ahora vivimos, muestran a menudo fórmulas económicas que, aún siendo legales, rozan el delito. Y ¿qué decir de los paraísos fiscales? Debían desaparecer cuando se produjo la mayor alarma, el capitalismo sería refundado, los bonus y altos salarios de los directivos bancarios controlados por eficientes gobiernos. Todo quedó en buenas intenciones. Tras ello adivinamos los inconfesados grupos de presión. Los mecanismos de la corrupción son tan varios que en más de una ocasión nos hemos lamentado de nuestra insignificancia, ya que no hemos sido nunca tentados, ni hemos podido permitirnos corrupción alguna. En todo ser humano existe una zona oscura que cae en tentaciones. Al fin y al cabo, políticos y partidos reflejan en sus comportamientos la sociedad entera. Hay, sin embargo, quienes se aprovechan del exaltado «ego» que se deriva del poder. Sin redundar en fáciles moralinas no vendría mal una cura de humildad en quienes gobiernan, una inevitable Ley de Financiación de los partidos, un rígido control sobre los recursos públicos y una purga general que obligara a algunos a descender de sus pedestales. El bien público resultaría entonces el objetivo de quienes han de guiar el recto proceder de todos –y no sólo de algunos– ciudadanos: la hoy denostada utopía.

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