España y el estado catalán
Montilla tiene fama de adusto e inflexible. Sin embargo, es un hombre cercano, de sonrisa rápida y propenso a las conversaciones de toma y daca, sin rehusar las preguntas espinosas aunque sin apartarse de su guión. A diferencia de Pujol y de Maragall, no tiene un conocimiento apriorístico de Madrid. Dispone de las claves de la capital y de la política madrileña, que ha vivido en primera persona como ministro, lo que le permite palear en aguas bravas con bastante más estilo que sus antecesores, así que donde antes se sucedían incendios ahora hay propuestas de pactos o, como mínimo, esbozos constructivos. La diferencia es enorme, más si se tiene en cuenta que sobre la política nacional gravita la sentencia del Constitucional sobre el Estatut, cuyos efectos pueden ser los de un tsunami en el Pacífico o los de una tormenta en un vaso de agua. A estos efectos conviene recordar lo que apuntataba el propio Montilla respecto a los tiempos del TC, que aún tiene pendiente un recurso del año 2001 sobre una tasa de la Generalitat a las grandes superficies comerciales. Pese a las diferencias de estilo, Montilla reivindica a sus antecesores cuando exige que la Generalitat sea Estado en Cataluña -que no es lo mismo que un Estado catalán- y una mayor (si cabe) descentralización, que en su opinión es la base del éxito de modelos económicos de solvencia tan contrastada como los de Estados Unidos, origen de la crisis, Alemania o la emergente economía India. Y es inequívoco al hablar de nación y al defender el Estatut en su integridad, tanto como al decir que planteada la hipótesis de un referéndum en Cataluña (algo que ya nadie descarta en el plano teórico) el votaría «no» a la independencia, a diferencia, alega, que su principal rival por la presidencia, Artur Mas. Tampoco induce al engaño cuando muestra, más con gestos que con palabras, que le gustaría gobernar solo, sin tripartitos, tan lejos de su estilo pausado y tal vez aburrido, federal, sí, pero leal a España, o, al menos, a una cierta idea de España. Lástima que sólo hubiera un ministro de Zapatero, Chaves, para tomar nota de la propuesta de Montilla.
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