LA TRASTIENDA
Franco, esa gran coartada
Ignoran o fingen ignorar los paladines al servicio del juez que el fin no justifica los medios, máxime cuando hablamos de la Ley. O sea, que no todo vale en el empeño de acaparar portadas de gloria a base de desenterrar a víctimas de la dictadura, como no valdría que los ciudadanos indignados con ciertos personajes corruptos la emprendieran a golpes con ellos cuando los ven por la calle. Sería tal vez comprensible, pero no legítimo.
También olvidan o fingen olvidar los abogados espontáneos del imputado que el caso denunciado por Dignidad y Justicia es únicamente uno de los tres que penden sobre su carrera.
A saber: El feo asunto del Santander, del que Garzón obtuvo 300.000 dólares de patrocino antes de archivar, oh casualidad, una querella contra el banco de la que por decencia debería haberse apartado; y las escuchas ilegales de la trama Gürtel. O sea, un presunto delito de prevaricación económica y otro de presunta vulneración de un derecho sagrado en cualquier Estado democrático, cual es el derecho a la defensa.
Desprecian o fingen despreciar, por último, los guardaespaldas judiciales del magistrado estrella, el turbio pasado y oscuro presente de su defendido. Sus idas y venidas de la política, las milagrosas resurrecciones de ciertos sumarios a su cargo, como el de los GAL, las cosas que cuentan de él sus antiguos amigos de la Audiencia Nacional o el sueño de los injustos que duerme en su despacho el expediente del Faisán, sin ir más lejos.
¿Qué pinta Franco en todo eso? Es el señuelo enarbolado para movilizar a los abajo-firmantes de siempre y reclutar a tontos útiles como Oyarzábal. Porque aquí hay intereses en juego que van mucho más allá de la batalla ideológica.
Viejos favores por pagar. Silencios que valen fortunas en términos de impunidad. De eso se trata.
Lo demás es humo.
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